El
director xeral de Montes de la Xunta reduce el sentido de la manifestación
del pasado domingo en Santiago con la misma facilidad con la que
los montes se redujeron este verano a cenizas ante la ineficaz gestión
del equipo que él dirige. Para Alberte Blanco, lo único que se puede
extraer de la protesta que miles de personas llevaron al Obradoiro
es que esas miles de personas son "la careta del PP".
Y lo ha soltado en el Parlamento como quien suelta un insulto.
El fuego que no fue capaz de apagar en agosto lo quiere sofocar
ahora este hombre deslegitimando el ejercicio de un derecho, el
de la libertad de expresión, con cuya defensa, por cierto, se les
llena a los suyos la boca cuando les conviene. Pero en el caso de
la concentración de SOS Contra o Lume no era conveniente, y eso,
en el lenguaje de los gobernantes de este nuevo régimen, se traduce
automáticamente en que no es legítimo. La boca del director xeral
se llena ahora de argumentos para dejarnos bien claro por qué el
clamor de esos manifestantes no merece llegar ni a gemido ni, por
supuesto, ser tenido en cuenta.
Y no es para menos, vistos los delitos contra la democracia de esos
ciudadanos, que Blanco ha tenido a bien descubrirnos. Son, los de
la mani del otro día, tipos que han recibido subvenciones del anterior
Gobierno gallego y que encima están agradecidos por esas ayudas,
los muy desvergonzados; gente que, en vez de "facer país"
alabando la actuación incompetente de la Xunta de ahora, osan transgredir
las reglas del poder actual criticándolo; individuos que no tienen
ningún reparo en sacar pancartas a la calle; y, sobre todo, son
simpatizantes o incluso qué barbaridad- afiliados al Partido Popular,
y si no lo son es lo mismo, porque se han dejado convocar por una
organización afín a ese partido. Vamos que, con semejante currículum,
pueden dar gracias de no haber sido acusados de incendiarios, que
a buen seguro se incluían entre ellos los despechados, los rencorosos,
los que no soportan dentro de sus cabales el cambio en San Caetano,
los de las tramas, los trastornados, los incultos y los que no tienen
el certificado de gallego.
Lo que no encaja bien es que Alberte Blanco califique a esta panda
como "careta del PP". Si algo caracterizó a su actuación
del domingo, además de la legitimidad que el director quiere restarle,
es que fue una actuación a cara descubierta. Nadie, que yo sepa,
ha negado que la convocatoria de SOS Contra o Lume tuviera el apoyo
del Partido Popular. Y no he visto en ningún momento que el alcalde
de Barro haya pretendido ocultarse como principal responsable de
esa iniciativa, lo cual no sólo no le resta validez a la misma,
sino que la honra precisamente por no andar engañando con caretas.
Distinto sería que una organización similar naciera impulsada por
un determinado partido, pongamos que hablamos del BNG, y engañara
al público presentándose como un movimiento políticamente independiente,
destinado únicamente a recoger el sentir de la sociedad. Y que esa
misma organización dijera convocar a la ciudadanía para mostrar
su indignación por un terrible suceso, pongamos que hablamos del
Prestige, y para ayudar a los afectados y luego gastara el respaldo
y el dinero conseguidos exclusivamente en cargar contra un Gobierno
y un partido. Y que los mismos que ahora acusan de boicotear y poner
"atrancos" a quienes critican públicamente la labor del
Ejecutivo y piden responsabilidades apoyaran explícitamente las
acciones de acoso y derribo de esa misma organización, pongamos
que hablamos de Nunca Máis, sólo porque esas iban dirigidas contra
quienes ocupaban los puestos que ellos querían ocupar.
Seguimos asistiendo a la triste tragicomedia de un Gobierno cuyo
único objetivo es mantener el poder sea cual sea el precio que los
gallegos debamos pagar y cuya única estrategia para lograrlo se
basa en la existencia de buenos y malos según su pensamiento único.
Es bien cierto que con estos las cosas han cambiado: antes manifestarse
contra la Administración no sólo era legítimo, sino que hasta daba
prestigio. Ahora, en cambio, si les levantas la voz te llaman de
todo, incluso careta de un partido con el que tener cualquier cercanía
es, al parecer, humillante. Se equivoca el señor Blanco. Aquí no
hay caretas. Lo que hay aquí es mucho caradura.