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El artículo

Un parecido nada razonable
| Aloma Vidal |

Una de las primeras consecuencias del reciente golpe de estado militar en Tailandia es la aplicación de una férrea censura en los medios de comunicación. Los líderes golpistas que rigen ahora ese país han prohibido a los medios publicar ciertas noticias y comentarios porque consideran que son una amenaza para el régimen recién impuesto. No es, desde luego y por desgracia, ni el primer ni el único caso vigente de control de la prensa por parte del poder. La censura informativa ha existido y existe todavía en demasiados países, caracterizados por una falta generalizada de libertades y un régimen político dictatorial, impuesto muchas veces tras la actuación violenta de grupos militares o rebeldes.

Son países como Corea del Norte, Birmania, Turkmenistán, Guinea Ecuatorial, Libia, Eritrea, Cuba, Uzbekistán, Siria o Belarús, por mencionar los diez en los que más censura existe según un análisis del Comité para la Protección de los Periodistas. Destaca ese informe cosas espeluznantemente curiosas, como que en Guinea Ecuatorial la radio del Estado difunde canciones que advierten a los ciudadanos de que serán aplastados si hablan en contra del régimen o que, durante las elecciones parlamentarias de 2004, los medios estatales de ese mismo país llamaron "enemigos" del Estado a los activistas de la oposición.

España vivió también la falta de libertad de expresión y la censura en los medios de comunicación durante el régimen de Franco. Pero de eso hace ya treinta años y ahora, afortunadamente, nuestra Constitución y nuestra democracia garantizan el derecho de los ciudadanos a ser libremente informados. Conocer lo que ocurre desde todos los puntos de vista, acceder a la verdad y llegar al fondo de las cosas sin que nadie pueda poner obstáculos para ello constituye uno de los avances posibilitados por nuestra transición que más valoramos los españoles y el argumento en el que, por cierto, más se apoyaron los socialistas para lograr la victoria en las Elecciones Generales de 2004. Los ciudadanos, decían entonces, teníamos derecho a saber la verdad sobre los atentados del 11 de marzo de aquel año y queríamos un Gobierno que no nos mintiera.

El Gobierno que supuestamente mentía se fue, y llegó el que defendía la verdad. Dos años después, un diario nacional descubre una serie de puntos oscuros en relación con el sumario del 11M, ejerce su derecho a informar libremente y defiende, como recoge el Código Deontológico de la Profesión Periodística, la libertad de investigar y de difundir la información, aportando no sólo testimonios, sino también pruebas documentales. Todo ello entendiendo que la sociedad española sigue queriendo saber la verdad y rechazando un Gobierno que nos mienta. Sin embargo, quienes defendían entonces esas posturas, quienes iban a ampliar las libertades y a ensanchar la democracia, hoy gobiernan, y esa investigación periodística les molesta. Hasta el punto de que han promovido una vuelta de nuestro país a los tiempos de la censura, aunque sea de una forma indirecta.

De una forma, diría, peligrosamente curiosa. "Buscamos su cooperación para no presentar artículos, declaraciones o informaciones que infrinjan la reforma democrática", le dicen a los medios los golpistas de Tailandia. Casi al mismo tiempo, en España se dice que las informaciones críticas con el Gobierno de Zapatero publicadas por ese diario nacional y cuya difusión apoyan otros medios son prácticas "que afectan gravemente a las instituciones democráticas", que "ponen en peligro la convivencia" y que "no pueden considerarse periodismo". El parecido entre ambas afirmaciones produce cierto escalofrío, que llega a ser hiriente si se tiene en cuenta que la primera corresponde a un gobierno dictatorial impuesto por la fuerza mientras que la segunda la lanza un órgano de representación y, se supone, de defensa de la profesión periodística de un país democrático, como es el Colegio de Periodistas de Cataluña.

Por suerte, no vivimos en Tailandia, ni en Turkmenistán, ni en Guinea Ecuatorial. Aquí la radio estatal no amenaza a los ciudadanos con aplastarlos si son críticos con el régimen ni llama "enemigos" a los activistas de la oposición. Aquí somos mucho más avanzados y son los propios periodistas los que ejercen de censores y señalan como apestados a los colegas cuyo trabajo es molesto para el poder y encima coincide con las tesis del principal partido opositor, lo que consideran un agravante. Una sorprendente diferencia entre nosotros y esos países con los que los representantes de los periodistas catalanes han establecido un parecido nada razonable.


23/09/06

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