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El artículo

Que me los quitan de las manos
| Aloma Vidal |

No tengo muy claro que sea este el cambio que nos prometieron, pero hay que ver cómo se ha transformado nuestra tierra en un año. Las informaciones de los últimos días pintan a una Galicia convertida en un gran mercadillo en el que Touriño vende retales de empresas gallegas y otros productos vociferando aquello de "que me los quitan de las manos, oiga" para animar a posibles compradores.

El inusual periodo de liquidaciones abierto en nuestro tejido empresarial le ha pillado desprevenido al presidente reciclado en mercader que, después de querer tranquilizarnos con un impropio qué se le va a hacer, se ha dado cuenta de que se le acumula la mercancía y de que hay que darle salida a una situación que puede poner en peligro una parte considerable de nuestra economía. Así, ahora ha reaccionado y, en uno de sus habituales cambios de parecer, se ha decidido por fin a negociar y a enganchar con incentivos a potenciales clientes que eviten que nuestro mejor paño se marche de aquí para siempre.

Entusiasmado en su nuevo papel de comerciante, Touriño ha visto en esto de mercadear grandes posibilidades para solucionar parte de sus problemas y anda ya, por ejemplo, decidido a poner el cartel de "se vende" a la Ciudad de la Cultura, a ver si se la quita de encima aunque sea a trozos.

Ocurre, sin embargo, que su falta de experiencia en esto de la venta al mayor, unida a la dificultad que supone haberse de entender con unos socios más preocupados por ver cómo nos llamamos y en qué idioma hablamos que en saber de qué vivimos, le ha llevado al presidente a cometer ciertos fallos de marketing que no avalan precisamente su credibilidad como vendedor.

Ser el presidente del Gobierno que tanto guerreó para impedir que grandes firmas como Pescanova o Ence siguieran invirtiendo en Galicia no es, desde luego, la mejor publicidad para quien ahora promete todas las facilidades a quienes inviertan en salvar la fuga de otras empresas. Como tampoco es la mejor técnica para atraer capital a la Ciudad de la Cultura que quien la vende se haya dedicado a calificar en reiteradas ocasiones ese proyecto de "auténtico desastre", de costes descontrolados y con un diseño "del siglo XIX". Eso sin hablar de la gran operación que supuso contratar, con lo que nos sobraba de ese descontrol de gasto, a un grupo de entendidos que, tras meses de trabajo, lo único que pudieron decir es que ellos no entienden de eso y que tal vez lo que habría que hacer es cambiarle el nombre a la cosa, hay que ver qué manía nos ha entrado con eso de los bautizos.

Si a todo ello añadimos el carisma de Touriño y la ilusión que transmiten tanto su persona como la gestión del Gobierno que preside, esa ilusión que tan bien les quedaba como consigna en campaña pero que ahora parece un llamamiento a la huida, me temo que, como se suele decir, todo el pescado esté ya vendido.

Pero a él se le ve encantado y sin duda seguirá con esto del comercio. Nos seguirá vendiendo motos a-mil-a-mil y convenciéndonos de lo agradecidos que debemos estar por vivir en su Galicia de las maravillas. En este mercadillo en que la ha convertido, seguirá utilizando todas las artimañas publicitarias que pueda para preservar su poltrona, que es justo lo único que no quiere que le quiten de las manos.


06/10/06

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