Dos líderes del partido político que representa a cerca de diez
millones de ciudadanos fueron ayer agredidos e insultados en una
localidad catalana, una vez más. Una vez más, niñatos que hacen
de trapos banderas y del vacío consignas, niñatos consentidos, niñatos
amamantados con la baba caída de la mueca-sonrisa de Zapatero gritaron
los mismos insultos de siempre, esos cuyo significado no entienden
pero que les han implantado en el cerebro para que los jaleen cuando
convenga, vomitando con rabia la leche agriada de odio con la que
los están malcriando. Saben tan poco de nada que cuando vociferan
facha y fascista desconocen que se están definiendo a sí mismos.
Les han convencido de que luchan por la tolerancia.
Nuevamente, a los representantes del Partido Popular les fue negada
la protección necesaria ante una acción intolerable de los en verdad
protegidos que, otra vez, fue tolerada. Fue, incluso, sonreída por
la mueca de la nodriza de los niñatos, quien, en otro acto en la
misma Cataluña, se jactaba, rodeado de fuerzas de seguridad, de
sentirse allí tan cómodo, no como otros. Él, Zapatero, es la madre
de todas las tolerancias.
En la misma Cataluña, los niñatos tenían pensado boicotear una cumbre
de ministros europeos con acciones de las que, días atrás, ofrecieron
varios adelantos a modo de advertencia. Y lo han conseguido: no
habrá cumbre, el boicot ha sido un éxito y ellos han vuelto a ganar.
Se ha impuesto, de nuevo, la tolerancia.
Mientras, el ama de cría presidente alimenta los apetitos de los
terroristas sentándolos a la mesa, dispuesto a ceder a sus chantajes,
propicio a acercar a sus presos, presto a mostrarles que una presión
a tiempo puede reducir mucho tiempo de prisión para un matarife
que, seguro, algún día fue niñato. Decidido a obligarnos a todos
a negociar con ellos, a que miremos de reojo a las víctimas y les
ofrezcamos a los asesinos toda nuestra tolerancia.
Y cuando se ve atrapado en su propia sonrisa de falsedad, cuando
no es capaz de cerrar la mueca y la baba le inunda hasta incomodar
sus fantasías, desentierra Zapatero a los muertos de una guerra
de la que los niñatos no saben nada pero sobre la que él les está
fabricando una memoria fragmentada en dos bandos, en buenos y malos,
en las dos Españas por las que tanto babea. Una memoria de fantasmas-víctimas
y fantasmas-verdugos, de espíritus manipulados y utilizados para
afianzar su particular sentido de la tolerancia.
Esa palabra que llena estas líneas llenó hasta el atragantamiento
la boca de ese producto de marketing al que llamaron ZP cuando convenció
a la mayoría de que, con él al mando, este país iba a ser el reino
de la libertad, de los derechos, del respeto, de la verdad, del
progreso, de la modernidad. Y, cómo no, de la tolerancia.
Y ahora estamos donde estamos. No puede ser que hayamos corrido
tanto para llegar a este punto. Para ver que todas esas promesas
sólo eran para una parte. Para tener que asumir que unos pocos dominen
a unos muchos. Para ceder a la tiranía de los extremistas. No puede
ser que estemos asistiendo a una falta de libertades propia de otros
tiempos. Que volvamos a tener miedo de expresarnos. Que pertenecer
a determinada ideología vuelva a ser peligroso.
No puede ser que nos hayamos creído la sonrisa ni que la modernidad,
la pluralidad y el progresismo por ella prometidos consistan sólo
en poder casar a los homosexuales, dar un papel social relevante
a los chicos de la farándula, quitarnos de en medio la asignatura
de religión y adoctrinar a nuestros hijos con una educación para
la ciudadanía en el colegio y un permiso para que traten a la ciudadanía
sin educación en la calle. No puede ser, pero es. Este es el nuevo
talante que nos prometieron. O estás con ellos o te vapulean. Sólo
nos queda esperar que los niñatos despierten, que clamen por una
independencia de verdad, la de ellos mismos. Que suelten la teta
que los manipula para engordar su sectarismo y les permite ser la
cara de la vergüenza del que iba a ser el país de la tolerancia.