El
máximo responsable de Comunicación del Gobierno de Zapatero va a
estar "vigilante" con los periodistas. Así mismo lo ha
dicho el propio Moraleda, luciendo un sacar pecho de esos de antes,
una chulería de cargo y poder propia de aquellos tiempos que su
jefe tan empeñado está en resucitar. Y lo ha dicho, qué digo lo
ha dicho, lo ha advertido delante de los informadores, sin micrófonos
pero con el eco suficiente para que todo el mundo se dé por avisado
y nadie se lleve a engaño. Que quede claro quién manda aquí y quién
maneja la libertad de expresión, a ver si nos hemos creído que podemos
hacer uso de ella como si viviéramos, qué sé yo, en una democracia.
Quiere este Gran Hermano del Gobierno de las libertades controlar
desde su sillón de secretario de Estado "hasta dónde llega
el veneno del PP" que tantas náuseas le produce al señor que
lo nombró. Y opta para ello por la clásica vía de matar al mensajero
para arrancarle de cuajo ese feo vicio de contar las cosas aunque
sean críticas con el régimen. Obnubilados quizá por esa añoranza
de la prensa del Movimiento, el presidente Rodríguez y su tropa
no reconocen que el verdadero veneno lo están extendiendo ellos
mismos, en un reguero al que Moraleda acaba de aportar la penúltima
gota diciéndoles a los periodistas con quién se tienen que meter.
Son ellos los que envenenan el ambiente al reducir su gestión a
un continuo señalar con el dedo al partido de la oposición, acusándolo
de todos los males, identificándolo con los peores demonios, intentando
aislarlo en las instituciones y en la sociedad. Envenenan cuando
quieren convencernos de que hay que dar cancha a los terroristas
y despreciar a quienes no quieren ceder al chantaje, cuando a los
asesinos les llaman a la mesa y a los del PP les llaman de todo.
Han emponzoñado el aire dando respiro y alas a los que insultan
y agreden a los políticos que no son de su cuerda, a los que destrozan
autobuses con determinadas siglas, a quienes llaman hijos de puta
a los de esas mismas siglas en los medios que Moraleda va a controlar
para que no se falte al Gobierno o a los que directamente invitan
a follárselos en su cartel electoral. Beben, todos ellos, del reguero
nocivo y de mal gusto que sale de Moncloa para fortalecer instintos
totalitarios disfrazados de progresismo y movidos al grito de a
por ellos, que son fachas.
Han envenenado la atmósfera de normalidad que teníamos dando a los
nacionalistas la fuerza que no obtuvieron con los votos y con la
que ahora se permiten decidir por la mayoría al tiempo que sacan
su verdadera cara, la cara del clasismo más rancio y excluyente,
el que impone su particular patriotismo y sus símbolos prefabricados
a todo el que no quiera ser tachado de intruso o de enemigo. Envenenan
cuando, sin ningún sentido del ridículo, salen a la calle portando
pegatinas para solidarizarse con el bufón que tantas risas les arrancó
con aquello de que nos metiéramos España por el culo.
Y siguen vaporizando la pócima en cada ataque a las instituciones
que les rechistan, como el Defensor del Pueblo, y en cada gesto
de aquellas otras que, con tal de seguirle el juego a Zapatero,
no dudan en perder los papeles y el sentido de la legalidad, como
ha hecho el Fiscal General del Estado dando instrucciones a fiscales
y jueces para que sean benevolentes con los chicos de ETA, los mismos
chicos que amenazan de muerte a cada magistrado que los sienta en
el banquillo.
Necesitan ser venenosos, necesitan que la imagen de talante y buen
rollo con la que se auparon al poder siga escondiendo el despotismo
y la intolerancia que en realidad practican. Por eso amenazan con
buscar en otros el veneno que ellos derraman.