Mi
vecina la del quinto, que hasta que conoció las encuestas de Losada
estaba convencida de que eso del rendimiento institucional se refería
a cuánto y cómo rinden los titulares de las instituciones en sus
correspondientes cargos, ha salido de su error casi al mismo tiempo
que ha confirmado sus sospechas de que el fruto y la utilidad (o
sea, el rendimiento, según definición de la Real Academia) del biGobierno
de la Xunta son más nulos que su marido haciendo una tortilla de
patatas.
Parece ser que las campañas de la Vicepresidencia para combatir
el machismo han hecho cierta mella en su Manolo, que de cuando en
cuando se empeña en colgarse el delantal y hacerse el amo de los
fogones para preparar el citado plato, presumiendo de que él lo
hace mejor que nadie. El resultado, sin embargo, es siempre un desastre
de cacharros sucios y desparrame de huevos, patatas y aceite, que
él justifica sin inmutarse culpando de tan impresentable panorama
a la situación en que le han dejado la cocina, la antigüedad de
las sartenes, la mal planificada colocación de las herramientas,
la imposibilidad de prever la reacción de los alimentos en contacto
con el calor e incluso a la baja calidad de los huevos. Manda ídem.
Salvando las distancias, algo parecido está ocurriendo en Galicia
que, como dice mi vecina, no gana para desastres y cuyo panorama
ha pasado, casi sin solución de continuidad, de estar envuelto en
llamas y humo a verse cubierto de agua y barro. Los ciudadanos lucharon
en agosto contra el fuego, ante la inoperancia de quienes debían
hacerlo, y luchan ahora contra las inundaciones, ante la falta de
previsión y de eficiencia de los mismos. Los actuales inquilinos
de la Xunta, que lo iban a hacer todo mejor que nadie, están demostrando
una incapacidad más que preocupante para atajar los problemas que
afectan gravemente a sus ciudadanos, entretenidos como andan en
disputarse protagonismo y espacios en la prensa, en contradecir
a la otra parte, en discutir si somos una nación o una nazón de
Breogán o en hacer encuestas sobre un rendimiento institucional
basado en saber si los ciudadanos pasamos de la Constitución en
vez de analizar su propio rendimiento.
Resulta llamativo que quienes empezaron a tejer su sueño de llegar
al poder a partir del accidente del Prestige, apoyándose en él,
abusando de él, utilizándolo sin miramientos para desgastar al Gobierno
de entonces, se vean ahora, ya en la Xunta, perseguidos por una
consecución de catástrofes y con las playas llenas de un nuevo chapapote
de lodo y cenizas. Tan llamativo como que todas las críticas que
bramaron cuando lo del petrolero las transformen ahora en un esperar
a que escampe, unas fotos en las zonas afectadas y un prometer ayudas
para pagar lo que no tiene precio.
Los que acusaron al PP de no haber previsto que un barco lleno de
fuel se averiara y hundiera cerca de nuestras costas son los mismos
que ahora se escudan en la dificultad de prever el daño posible
de las lluvias pese a conocer, como conocíamos todos, el riesgo
que suponen unos montes pelados, desprotegidos, llenos de ceniza
y convertidos en potenciales cascadas por culpa de los incendios
de agosto, también, según ellos, imposibles de prever.
Nos aseguraron que habían puesto todos los medios para prevenir
la posibilidad de graves consecuencias en caso de lluvias intensas
sobre los montes quemados. Y ahora, que hemos visto que debió ser
que no, dicen que lo que está pasando no se podía prevenir porque
esto no es un temporal, es un hecho histórico y su causa está, asegura
Touriño, en la intensidad de las lluvias. Claro que también nos
dijeron que con ellos los montes dejarían de arder y, una vez quemados
como nunca, nos vinieron igualmente con aquello de que esos fuegos
eran históricos por distintos a los de otros años. El caso es echar
balones fuera y, como hace el marido de mi vecina, culpar de su
falta de previsión y capacidad a lo que sea menos a ellos mismos.
Parece ser que la meteorología tiene también un nuevo modus operandi,
como lo tuvieron los incendiarios de este verano, y que a los del
bipartito les queman los montes y les inundan los pueblos a traición.
Y, claro, así no hay forma.
Y por si todo ello no fuera justificación suficiente, siempre se
agarran a esa útil excusa de lo mal que hicieron las cosas los del
gobierno anterior. O sea, que la culpa de que tantos vecinos se
vean ahora con el agua al cuello la tiene, cómo no, el PP, por dejarles
la cocina a estos como se la dejaron. Si sigue lloviendo, acabarán
por hablar de tramas organizadas dedicadas a la celebración de extrañas
ceremonias para que el agua caiga a jarros. Al igual que en el caso
del Manolo de mi vecina y su tortilla de patatas, con este Gobierno
xunteiro también manda ídem .