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Democracia
por todos los Santos
| Aloma Vidal |
Todavía
no tengo clara la verdadera razón que llevó al presidente saliente
de Cataluña, Pasqual Maragall, a hacer coincidir las elecciones
al Parlament con el día de Todos los Santos y, sobre todo, con la
víspera de la conmemoración de los Fieles Difuntos. Pero el caso
es que los catalanes, además de honrar a sus muertos, están citados
en esta fecha para honrar también a la democracia en lo que constituye
su acto más significativo, esto es, el ejercicio del derecho al
voto.
Este primero de noviembre en la Comunidad catalana es, por tanto,
un día festivo de emociones encontradas, puesto que la tristeza
y nostalgia que encierra el homenaje a la muerte se cruza con la
alegría y celebración que unas elecciones conllevan como homenaje
a la vida democrática.
Sin embargo, la campaña electoral que ha precedido a esta fecha
hace pensar que también la fiesta de la democracia a la que están
convocados los catalanes está teñida de un cierto color triste y
nostálgico. Entristece pensar que la normalidad con la que los ciudadanos
depositan sus papeletas en las urnas sea el final de un proceso
que no ha tenido nada de normal en una democracia de la que esas
papeletas son sus máximos exponentes. Paradójicamente, en esa democracia
los representantes de una determinada opción han sido agredidos,
insultados y excluidos con el consentimiento, por acción u omisión,
de otros. Una democracia que ha visto en ese proceso cómo se han
mermado las libertades que la caracterizan a ella y que caracterizaron
siempre a Cataluña.
Entristece, igualmente, comprobar cómo los políticos protagonistas
de ese proceso se han centrado sin disimulo alguno en amañar posibles
matrimonios de conveniencia para sentarse en el Gobierno, sin mostrar
apenas interés por lo que para los ciudadanos sí lo tiene. Los problemas
y las necesidades no existen para ellos, que confunden nacionalismo
y antiespañolismo con sentimiento de catalanidad y venden esa confusión
como único aval para regir los destinos de su ciudadanía. Qué nostalgia
de aquellas campañas en las que los candidatos ofrecían a sus votantes
ilusiones, aunque fuera sólo en forma de promesas, y no enfrentamientos
y crispación. En las que los contrincantes se criticaban por su
gestión o por sus ideas, pero no por su lugar de nacimiento o por
querer a otras tierras además de a la propia.
Es cierto que las campañas y el marketing electoral, como todo,
se han modernizado, y que la creatividad y la imaginación pueden
aportar algo a toda celebración. Pero una democracia en la que,
para ser conocido, un aspirante a presidente tiene que meterse en
un bote de Nocilla, en la que los nacionalistas se comparan con
el alioli, en la que para ganar votos se firma el afán excluyente
ante notario, en la que los carteles electorales hablan de follarse
al adversario y en la que los ataques verbales y físicos al rival
y la persecución ideológica no merecen mayor condena, no diré yo
que esté difunta, pero no creo tampoco que esté para mucha fiesta,
por Todos los Santos, en Cataluña.
31/10/06
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