Traiciones,
ganadores y perdedores
| Aloma Vidal |
Son
las jugadas que tiene este nuestro sistema electoral, que
a algunos políticos sobrados de ambición y mermados de toda
vocación que no sea la de poder les permite fumarse la voluntad
del pueblo, o sea, la base misma de la democracia. En Cataluña,
los ciudadanos han querido castigar a este tipo de políticos.
Lo han intentado, hartos de ellos en general, con un llamativo
aumento de la abstención, como ya hicieron en el referéndum
del Estatut. Y lo han intentado también, hartos del tripartito
en particular, haciendo perdedores en votos a sus principales
integrantes y ganadora a otra opción distinta al desgobierno
sufrido en los últimos tres años.
Qué ingenuidad la de estos catalanes, que han visto finalmente
convertido su castigo en un reparto de premios entre sus supuestos
censurados, talmente como si las urnas fueran bombos y las
papeletas rifas. El Gordo se lo ha llevado Carod, con la entrega
de la vicepresidencia llave en mano, que le permite dominar
nuevamente el cotarro y asumir ese papel de prota que es su
razón de vivir. Queda así olvidada, por obligación del sistema,
la gran gesta democrática que este hombrecillo con delirios
de grandeza acometió en cierta excursión a Perpiñán, qué buenos
son los padres terroristas, y por la que entonces se vio obligado
a dimitir del cargo que ahora recupera. Queda igualmente borrado
el detalle de que este Pérez reconvertido votó en contra del
Estatuto que ahora habrá de defender al sentirse traicionado
por Zapatero en aquella noche de cigarros y pactos a escondidas
que le dieron a Artur Mas la sonrisa que ahora otros pactos
le acaban de robar.
Lo que son las cosas, hoy es ese mismo Mas el que ve como
traidor a Zapatero, quien a su vez se ha visto traicionado
por los ¿suyos?, por el exministro Montilla, que se lleva
el segundo premio en forma de presidente a lo Reina Madre.
Él pone el bote de la Nocilla de su campaña mientras los de
Esquerra se quedan con el cacao y las avellanas. Quién les
iba a decir a los nacionalistas que para disfrutar de la merienda
iban a tener que tragar con un president de Córdoba, un president
charnego que no habla bien el catalán, a dónde hemos llegado
se preguntan sin duda muchos de los del partido de Carod con
las tripas revueltas por un sentimiento, también, de cierta
traición. Y el de CiU, el ganador derrotado, ha amagado ya
con devolver en el Congreso la puñalada al presidente de esta
España que era nuestra y ahora ya no sabemos de quién es.
La pedrea, algo aumentada desde la última vez, se la llevan
nuevamente los rojiverdes de Saura, que pasan ampliamente
de traiciones y desengaños y aceptan volver a la Generalitat
tripartita a la que los ciudadanos han dicho claramente que
no querían volver.
Este es el cuadro en Cataluña: un esperpento en el que unos
se traicionan a otros y algunos incluso a sí mismos con tal
de seguir mangoneando; en el que los que pierden ganan y los
ganadores son condenados a la derrota. Pero los verdaderos
perdedores en este cuadro son los catalanes, que volverán
a sufrir eso que Carod llama un ³Gobierno de entendimiento²
pero que resulta tan difícilmente entendible, sobre todo porque
sus integrantes no se acaban de entender entre ellos y así
acabaron como acabaron de la otra vez. Por mucho que ahora
el de ERC asegure sin que se le escape la risa por debajo
del bigote que esta vez va en serio, eso de que en democracia
pierdan los ciudadanos, que son los que más tienen que ganar
con ella, porque los políticos convierten en un sí aquello
a lo que las urnas han dicho no, tiene muy poco de serio y
bastante de traición