Para
deducir, a posteriori, que la manifestación del pasado sábado en
Madrid fue un rotundo éxito no hay más que ver las imágenes que
tanto televisiones como periódicos han ofrecido de la misma. Y está
claro que cuando la Delegación del Gobierno y algunos medios afectos
al régimen dieron las cifras de participantes que dieron pensaban
que no íbamos a ver esas imágenes. Si ese día se manifestaron en
la capital trescientas cuarenta y dos mil seiscientas cincuenta
y cinco (no deja de asombrarme tal nivel de precisión) personas,
entonces la celebrada el 13 de enero para mayor gloria del Gobierno
simplemente no existió.
Pero para intuir, a priori, que el éxito iba a ser tal no había
más que escuchar las declaraciones que miembros del Ejecutivo y
representantes del PSOE hicieron para intentar desacreditarla, despreciando
a quienes expresaron su opinión en la que se considera la manifestación
más importante de la historia de nuestra democracia. Declaraciones
que, como tantas otras de los mismos o parecidos personajes, dejan
a las claras cuál es la línea argumental (única, como su pensamiento)
y el nivel de coherencia del partido gobernante. El argumento único
consiste en equiparar al PP con la extrema derecha y acusarlo de
crear un "clima de crispación irrespirable", como señaló
la vicepresidenta De la Vega la víspera de la convocatoria, al igual
que hizo tras la también exitosa manifestación del 3 de febrero
convocada por la Asociación de Víctimas del Terrorismo.
Es cierto que se está instalando en nuestro país un nocivo clima
de crispación. Pero es dudosamente democrático culpar de ello al
hecho de que cientos de miles de personas expresen en la calle,
voluntaria y libremente, su opinión crítica con las decisiones del
Gobierno. Y es, además, una indudable falta de coherencia que los
que ahora se muestran contrarios a ese uso de la libertad de expresión
y hacen pública su total falta de respeto a quienes la protagonizan,
aplaudieron, si no animaron, las concentraciones ilegales frente
a las sedes del PP en plena jornada de reflexión de las últimas
elecciones generales. Y que los mismos que hoy acusan a los ciudadanos
de manifestarse contra el Gobierno con la excusa del terrorismo
participaron en otros tiempos en marchas contra el Ejecutivo de
Aznar con la excusa de la guerra de Irak, entre pancartas y gritos
que llamaban asesinos al entonces presidente y a los de su partido.
Tiempos en los que Zapatero afirmaba que Aznar tenía que "comprender
y escuchar" a los españoles que salían a la calle para mostrar
su rechazo a la postura del Gobierno. El mismo Zapatero que hoy
hace oídos sordos al mayor clamor de nuestra reciente historia confirmando
que no piensa bajarse de la burra en el tema de De Juana.
La libertad para oponerse a las decisiones del Gobierno no es una
causa de crispación; es un logro de la democracia que, al parecer,
ahora a los socialistas les crispa mucho. Haría bien la vicepresidenta
en buscar el origen del ambiente "irrespirable" del que
habla en otros hechos, como, por ejemplo, el intento de su partido
y de los que lo apoyan de aislar al Partido Popular en las instituciones
y en la sociedad, de crear ese "cordón sanitario" inventado
por un ideólogo de la farándula subvencionada. En esos pactos sin
precedentes para vetar en el Congreso las iniciativas del partido
que representa a diez millones de votantes. O en las agresiones
físicas a miembros de ese partido cuando participan en actos electorales
o en convocatorias ciudadanas, en la detención ilegal de militantes
acusados de una agresión que nunca existió, en los insultos a quienes
difieren de la línea oficial, en el permanente descrédito a las
víctimas del terrorismo. O en la decisión de negociar con los asesinos,
en la de escucharlos más a ellos que a los ciudadanos, en la de
ceder al chantaje de un etarra. O, simplemente, en la de llamar
de todo a quienes salen a la calle para cuestionar sus decisiones
o en la puñetera manía de decir que el PP es lo mismo que el franquismo,
que es la derecha más extrema sólo porque ejercen la oposición.
Dice De la Vega que el Partido Popular crea crispación. Y dice también
que las críticas de ese partido son "obscenas". Y José
Blanco dice, por ejemplo, que Acebes tiene "parálisis mental"
o que cada vez son más "los que piensan que hay que defender
España de un líder como Rajoy", quien, dice también, "ha
perdido el juicio", o que Aznar es un "caradura"
o que el PP tiene la culpa de agresiones a sedes socialistas. Y
López Garrido llama a los populares "vulgares agitadores vociferantes".
Y los dos acusan a un discapacitado de simular ser una víctima de
ETA. Y ninguno pide perdón cuando se demuestra su mentira. Y Rubalcaba
llama "indecente" al Partido Popular. Y Buen (PSE-PSOE)
lo acusa de intentar provocar al Ejército. Y Pastor, del mismo partido,
habla de actitudes "cuasi golpistas" del PP. Y Almódovar
lo dijo más claramente, acusando a ese partido de estar a punto
de provocar un golpe de estado.
Y el Sindicato Unificado de Policía, para defender la decisión de
Zapatero sobre De Juana, días después de haberla cuestionado, dice
que Jiménez Becerril "escupe sobre la sangre de sus familiares
muertos". Y su portavoz dice que dejaría a cierto periodista
en "una habitación donde no existiera Estado de Derecho".
Y el hermano del exministro López Aguilar dice que a Francisco José
Alcaraz "le tocó la lotería cuando ETA asesinó a su familia".
Y el director de comunicación del Ayuntamiento de Rivas Vaciamadrid
lamenta que sea ilegal "entrullar y torturar" a los dirigentes
del PP, aplicar sanciones administrativas a sus militantes y "abroncar"
a sus votantes. Y la coordinadora de jóvenes de IU de ese mismo
ayuntamiento pide en su blog que "Fraga se muera y un infarto
para Esperanza Aguirre". Y Conde Pumpido dice que no tiene
sentido que la sociedad se manifieste cuando "ya no hay víctimas
del terrorismo", a menos de tres meses de los dos últimos muertos.
Y ERC y PSC dicen que el PP es "fascista" y "guerracivilista".
Y Patxi López dice que la manifestación del sábado estaba "ambientada
y jaleada por la extrema derecha franquista". Y Miguel Sebastián
remacha diciendo que le preocupa "ver imágenes que me recuerdan
a la plaza de Oriente". Y Jáuregui dice que el PP da miedo.
Y Pilar Bardem llama "hijos de puta" a periodistas de
cierto medio de comunicación crítico con el Gobierno. Y Pilar Manjón
muestra su "desprecio más despreciable" por el PP. Y Luís
Yáñez dice que los manifestantes del sábado son franquistas por
cómo van vestidosŠ Y todos ellos siguen diciendo, como la vicepresidenta,
que la crispación la provoca el Partido Popular.