Si
se pudiera progresar retrocediendo, estos del bigobierno de
la Xunta serían los reyes del mambo. Mi vecina la del quinto
dice que a lo mejor tenemos la sensación de que vamos hacia
atrás porque estamos cogiendo carrerilla, pero yo, la verdad,
no veo el progreso prometido por ningún lado. Más bien creo
que los gallegos estamos cada vez más perdidos, más en un
antes que en ese idílico después con el que quisieron ilusionarnos.
Por lo menos, hasta hace poco teníamos más o menos claro de
dónde veníamos y hasta podíamos vislumbrar hacia dónde íbamos.
Pero es que ahora ya no sabemos ni quiénes somos. Vivíamos
felices convencidos de ser una nacionalidad histórica, algo
que no nos daba ni más ni menos de comer pero que llevábamos
con bastante dignidad. O eso creíamos, porque ahora resulta
que estamos, según nuestros gobernantes, reclamando con urgencia
un cambio de definición de nuestra identidad, que ya no podemos,
al parecer, sobrevivir con la que tenemos. Y nosotros sin
enterarnos.
Menos mal que ellos están en todo. Bueno, a lo mejor en todo
no, pero sí en lo importante, en lo vital, en aquello que
a mi vecina la tiene en un ay constante que no la deja dormir.
Y, así, gracias a ellos, quienes a diferencia de la del quinto
aún dormíamos plácidamente, hemos despertado de nuestra inocencia
descubriendo que para avanzar lo fundamental no es tener más
recursos, más dinero, menos paro, más beneficios sociales,
más viviendas, más y mejores carreteras o una sanidad capaz
de atenderte cuando aún estás vivo. Qué va, eso son nimiedades,
aspiraciones típicas de gente sin horizontes y con una cierta
mentalidad retrógrada. Ya se sabe que hablar de financiación,
o sea, de dinero, es de mal gusto.
Lo que hace falta es ponernos un nombre. Y por eso los bipartitos
dedican sus mayores esfuerzos, cada uno por su lado, y sus
mayores peleas, cada uno contra el otro, a bautizar a esta
tierra a la que se supone gobiernan. La prioridad, han decidido,
es reformar el Estatuto. Pero a juzgar por el nivel del debate
y por las declaraciones de Touriño y de Quintana, lo prioritario
no parece que sea perfeccionar el autogobierno o atender a
las nuevas demandas y necesidades de esta Comunidad (o lo
que sea), sino que todas las energías, las suyas y las nuestras,
deben centrarse en cómo nos definimos. Todos quietos y todo
parado hasta que demos con la fórmula.
Yo tengo la casi total seguridad de que a los cada vez más
gallegos que llevan meses esperando para ser operados o para
que los atienda el especialista de turno, igual que a los
inundados de Baiona que siguen viviendo en hoteles o a aquellos
que vieron arder los montes de la forma en que ardieron, les
debe dar bastante igual que su tierra sea una nación, una
nazón de Breogán o el país de los pitufos. Pero es que los
ciudadanos, ya se sabe, solemos carecer de criterio y sentidiño
y somos capaces de ir por el mundo sin la identidad adecuada.
Por eso necesitamos que nos dirija alguien como nuestro actual
presidente quien, en otra muestra de su concepción del avance,
quiere justo ahora que nos parezcamos a Cataluña. Justo ahora
que esa maravillosa tierra ha dejado de ser motivo de admiración
para ser objeto de asombro, en la que las libertades han pasado
a ser artículo de lujo, en la que la última campaña electoral
nos ha traído retazos de la peor memoria histórica en forma
de ataques y agresiones contra la libertad de pensamiento
e ideología.
Anhela nuestro presidente una similitud con Cataluña en el
momento en que va a ser gobernada de hecho por quien hace
nada fue considerado un gobernante indigno por pactar a escondidas
con los terroristas. Ahora que va a tener un presidente de
cartón que es de su mismo partido, aunque no ha dudado en
traicionarlo para ocupar el sillón. Quiere Touriño que seamos
como la Cataluña que aprobó un Estatuto con nocturnidad y
traiciones de unos a otros que colecciona recursos de inconstitucionalidad
y del que pasó olímpicamente la mayoría de los ciudadanos,
que volvieron a demostrar, con una abstención histórica en
las recientes elecciones, que están hartos de sus políticos
y de lo que hacen con ellos.
Nuestro presidente quiere, viva el progreso, copiar a esos
políticos en lugar de aprender de esos ciudadanos. En realidad,
lo que él querría, no pudo evitar llorarlo el otro día, es
que el Partido Popular fuera en Galicia como allí, para que
no molestara tanto. Para que no le recordara cada día que
aquí es a él al que la sociedad le negó un respaldo contundente
y que es un presidente atado por todas partes, obligado por
ley a entenderse con el PP para reformar el Estatuto, obligado
por los nacionalistas a tragar con sus exigencias bajo amenaza
de romper el Gobierno y obligado por sus jefes de Madrid a
no exigirles nada y a obedecerles, que con un Montilla ya
tienen bastantes problemas.
Con tantas ataduras y con un presidente empeñado en seguir
los pasos de la Cataluña de hoy, Galicia va a seguir retrocediendo
tanto por bien de su progreso que, como tenga razón mi vecina
y sea para coger impulso, cuando queramos arrancar vamos a
acabar desparramándonos.