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El artículo

Hipócrita indecente
| Aloma Vidal |

El ministro Rubalcaba considera que las críticas a su "decisión personal" de mandar al sanguinario De Juana Chaos a su casa son hipócritas e indecentes. Así opina este ministro que hace de la democracia una cagarruta y embadurna con ella a las víctimas del terrorismo y a la mayor parte de los ciudadanos alegando razones humanitarias para darle gusto a un asesino. Para culminar el orgasmo de una bestia que jadea de placer matando y prolonga su éxtasis con el llanto por sus asesinados mientras se ríe de todos fingiendo un suicidio heroico floreado con escenas de cama y ducha y con pornografía de gloria mediática. Sólo un acto más le faltaba a este asesino tan necesitado de humanidad para su corrimiento total y se lo acaba de brindar el Gobierno del que Rubalcaba forma parte, obligándonos a todos a ponernos a cuatro patas para ceder a su chantaje. Indecente.
Habla de indecencia y de hipocresía este ministro que también lo era cuando se empeñaba en negar la guerra sucia del GAL de su entonces Gobierno, cuando era el portavoz de la mentira certificada después por los tribunales, la cara más visible de la política más sucia. No hubo entonces razones humanitarias que evitaran los secuestros, los asesinatos de presuntos, las muertes de ni siquiera presuntos, de Christian Olaskoaga, de Emile Weiss, de Claude Doer, de Dominique Labeyrie, de Robert Clapanne, de García Goena, de la niña Nagore OteguiŠ No las hubo tampoco en el secuestro por error de Segundo Marey, ni en el crimen de Lasa y Zabala, ni en su enterramiento en cal viva. Hoy apela al humanitarismo y a la legalidad quien entonces se apoyó en la falta de escrúpulos y de respeto a la ley. Y quiere dar lecciones de moralidad quien, hoy como entonces, demuestra un nulo sentido ético. Hipócrita.
Hipócritas e indencentes. Así nos sentimos muchos cuando, al ver el triunfo del enfermo imaginario de ETA, nos acordamos de Miguel Ángel Blanco, al que los terroristas mataron porque nos negamos a ceder al chantaje. Hoy hemos cedido, obligados por un Gobierno que encima se permite decir que en aquel caso también lo hubiéramos hecho. Y nos hace pensar que, si eso es así, si entonces pudimos hacerlo y no lo hicimos, si no tragamos por Miguel Ángel pero sí tragamos por este asesino, entonces todos matamos un poco al chico de Ermua. Y nos hace preguntarnos por qué consentimos el eufórico recibimiento a De Juana en su puesta en libertad los mismos que no pudimos celebrar la liberación de Blanco. Qué hemos hecho, en qué nos hemos convertido para dejar que el delirio y la obcecación hechos gobernantes hayan logrado reducir a la nada nuestra firmeza.
Y mientras nosotros sufrimos con estos pensamientos y con las declaraciones del ministro Rubalcaba, su jefe se esconde en el silencio. Ante uno de los hechos que más han convulsionado a este país en los últimos años, su presidente no quiere hablar. Ojalá sea que no puede, que se haya dado cuenta de que no hay palabras para justificar lo que para la mayoría es injustificable. En cualquier caso, no es admisible que en estas circunstancias el máximo responsable no dé la cara. Y que la oculte tras el hipócrita indecente discurso de su ministro.


02/03/07

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