Si
es cierta esa teoría de que una catástrofe, la del Prestige,
marcó el principio del fin del fraguismo en Galicia, podría
decirse que los del bipartito están empezando su fin casi
desde que llegaron y con una intensidad inusitada, que tan
pronto nos quema o nos asfixia como nos ahoga. Nos quema,
nos asfixia y nos ahoga a los gallegos de a pie, porque ellos,
acomodados en sus despachos del Gobierno, ni se arrugan. Los
vecinos de Vilagarcía, del Salnés, del Morrazo o de Ferrol
lloran con el agua al cuello, como lloraron antes los de Cee
o los de Baiona, y se quejan de falta de atención por parte
de Protección Civil y de previsión por parte de la Xunta.
Y eso que a los touriños y asociados lo de la falta de previsión
les tiene que sonar mucho, porque cuando aquella otra catástrofe
les faltó tiempo para acusar al entonces Gobierno del PP de
no haber previsto que un petrolero se escacharrara y hundiera
vomitando fuel frente a nuestras costas. Tanto insistieron
en sus críticas que lograron convencer al personal de que
si ellos llegaban al poder, no habría catástrofe que se les
fuera de las manos.
Y llegaron. Ellos y las catástrofes. Y, sí, se les van de
las manos. Mucho acusar a los otros de falta de previsión
y ahora resulta que ellos no tenían previsto ni prever lo
más previsible, como la aparición de incendios en agosto o
las lluvias en otoño, a pesar de que, para esto último, ayuda
bastante eso que se conoce como previsión meteorológica. Todo
el mundo sabía que iba a llover, que venían temporales y que
los montes pelados por el fuego y los restos de la quema amontonados
aumentaban el riesgo y la amenaza. Se sabía ya antes de la
primera riada, pero después de no sé cuántas más ellos siguen
sin darse por enterados. No se adoptan medidas, no se coordinan
los medios y los vecinos siguen achicando el agua como pueden.
Y la única respuesta que obtienen a su desesperación, a su
sentimiento de abandono y a su miedo a que esto vuelva a repetirse
es un presidente que, cada vez que pasa el desastre, sale
un ratito de Monte Pío para prometer ayudas. Nadie ha visto
un euro aún, pero él sigue prometiendo. A Touriño le inquietan
las prisas de Quintana por reformar el Estatuto, pero las
de los inundados por solventar su situación parece que le
traen al pairo. Él no se siente responsable, ni de esto ni
de nada, y no parece tener más previsión que tratar el tema
en la reunión del Consello y poner cara de "nunca choveu
que non escampara". Porque la culpa de que llueva, ha
venido a decir otra vez, la tiene la lluvia, el agua que cae
intensamente, y ya se sabe que él, para luchar contra elementos,
ya tiene bastante con su vicepresidente y el resto de la segunda
parte contratante.
Siempre es de agradecer, de todos modos, que no le haya echado
la culpa a la ahora oposición, que es un argumento muy aburrido.
Ya habrá quien responsabilice a los alcaldes del PP de las
inundaciones y luego se esconda, como ha hecho el director
de los incendios, muy chulito en el Parlamento pero cobarde
a la hora de verse las caras con ellos en el juzgado. Como
era de prever.