Lo de los nacionalistas y su manía de buscar señas de identidad
empieza a ser hasta divertido. Ahora quieren hora propia para
la nación que según ellos tenemos que ser. Tenemos que ser
nación en diciembre, dice Quintana, y tenemos que serlo con
una hora menos, dice la asamblea de su partido, que ya es
más partido y menos asamblea. Por un lado las prisas y por
otro ganar tiempo. Porque con lo terco que se pone el líder
del BNG insistiendo en que la reforma del Estatuto tiene que
estar lista en este mismo mes, no viene nada mal darse una
hora más de plazo. Qué respiro si cuando el tiempo concedido
por el todopoderoso vicepresidente finaliza, pongamos por
caso, a las doce de la noche de tal día, resulta que sólo
son las once. Las otras dos fuerzas tendrían sesenta minutos
más para aceptar la imposición de que o somos nación o no
somos, que lo de los nacionalistas es negociación y diálogo
y lo demás son tonterías.
Quieren un huso horario gallego propio, aunque copiado de
Portugal y Gran Bretaña, que aquí lo que importa es alejarse
de Madrid y con los retrasos en las obras del AVE no les llega.
No subiremos al tren del progreso, pero tendremos hora autóctona,
o sea, que si teníamos poco retraso, ahora retrasaremos también
el reloj. Pero nuestro tiempo será más gallego que nunca y
nos sentiremos orgullosos de que cuando en el resto de España
sean las cinco aquí serán as catro. Como en Canarias, pero
con mucho peor clima, vaya. No vamos a caber de gozo con tanta
identidad que vamos a lucir, después de esto y de que nuestros
muertos hablen gallego como lo van a hablar los cargos del
Bloque. Que yo creí que no hacían otra cosa, pero mira tú
que algún díscolo debía haber, porque la susodicha asamblea
ha tenido que aprobar una propuesta para que los que ocupen
cargos hablen en la lengua autóctona como los muertos y, si
no, a la tumba. A la tumba política, se entiende.
El caso es que con lo de la hora de menos, Quintana ha logrado
un minuto de más para eclipsar ante la opinión pública el
lío interno del BNG, que es de lo que en realidad iba la asamblea.
Ha ganado tiempo en los medios y en las tertulias de la gente
de a pié, que no habla del triunfo de los críticos a la dirección
nacionalista ni de los encajes que el de Allariz tuvo que
hacer a última hora para evitar males mayores en un partido
que lleva mal lo de hacerse mayor, una vez que ha pisado moqueta
y viaja en coche oficial. Ha logrado que esas menudencias
pasen desapercibidas y que los ciudadanos se entretengan en
comentar la última genialidad fruto de esa obsesión por la
denominación de origen. Todo ello con la colaboración de Touriño,
que también da titulares a la prensa diciendo que va a estudiar
la propuesta, que seguro no le parecerá descabellada. Al fin
y al cabo, el panorama que nos rodea nos hace pensar que su
Gobierno está haciendo retroceder a Galicia muchos años, así
que retroceder una hora no le parecerá gran cosa. Mientras
espera a que la iniciativa le sea presentada formalmente,
el presidente le dará vueltas a la cosa para ver sus ventajas
y sus inconvenientes. Pensará, tal vez, que con el nuevo huso
horario los pueblos y villas de Galicia se inundarán una hora
antes y los montes empezarán a arder más temprano, pero también
tendrá una hora más para pensar lo que no va a hacer su tropa
para remediarlo. Que para las soluciones que dan a los problemas,
da lo mismo que sean las siete que las ocho.
De momento, el presidente hace como Quintana, ganar tiempo
con estas cosas trascendentales como el cambio de horario
o el cambio de denominación de nuestra tierra. Para que los
ciudadanos no lo perdamos fijándonos en los problemas que
nos rodean, no vaya a ser que lo culpemos a él una hora antes
de lo previsto.