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El artículo

Sin plan para Galicia
| SANTIAGO REY FERNÁNDEZ-LATORRE |

SÓLO TIENE futuro quien dispone de un proyecto y de capacidad para luchar por él.
Esta convicción me arrastró a escribir el pasado octubre un artículo, El compromiso de un título, que denunciaba el estancamiento del llamado Plan Galicia . Decía entonces que "unos prometieron, pero no ejecutaron ni financiaron. Otros han hecho un esfuerzo presupuestario, pero insuficiente para garantizar el avance de las obras y el cumplimiento de los plazos. Y todos han empleado las ansias de mejora de nuestra tierra como un arma arrojadiza". Cuatro meses después esas palabras siguen vigentes.
El 24 de enero se cumplieron dos años del anuncio del Plan. Sólo este periódico hizo eco suficiente al aniversario y, además, con una mala noticia: hasta ese momento apenas se había licitado el 20% de las obras, por un importe de 2.093 millones, pero con una consignación presupuestaria para el 2005 muy inferior: 650 millones. De mantenerse este ritmo inversor, decíamos, el desarrollo íntegro del programa se demoraría, como mínimo, 17 años. Algo que nuestros lectores sabían también por el cronómetro , que marca desde hace dos años las horas buenas y las malas de lo que nos prometieron en el 2003.
El panorama se ensombrece con el paso de los días. Por una parte, el Gobierno central no acaba de asumir la financiación de las obras y las condiciona a los fondos europeos, olvidando que el compromiso con Galicia no es cosa de la UE. Por otra, tanto los fondos estructurales como los de cohesión están gravemente amenazados. Es casi seguro que dejaremos de percibir estos últimos a partir del próximo año.
El Estado es el garante del Plan y quien debe asumir la tarea de vertebrar España, con o sin fondos europeos. Sin embargo, no se están produciendo compromisos claros en esa dirección. Peor aun, la confusión sobre el mapa autonómico futuro es casi absoluta y lamentable, menos en un punto: menguará la ya mermada solidaridad territorial.
Tanto en el escenario europeo como en el autonómico, España parece ahora débil. Sin fondos, o con ellos muy disminuidos, y con menos recursos propios, ¿mantendrá el Gobierno un respaldo absoluto e inequívoco al Plan?
Declaraciones en tal sentido no faltan. Pero los hechos manifiestan con frecuencia otra cosa. Baste recordar el episodio reciente en torno a la autovía Ferrol-Vilalba, en el que Fomento quiso eludir el compromiso de financiarla íntegramente. O las contradicciones en torno a un tren cuyas características están muy lejos de lo que a día de hoy se entiende como alta velocidad. Hechos como estos, que suenan a tomadura de pelo, intensifican la percepción que se difunde entre muchos ciudadanos: que el Gobierno pretende esquivar los compromisos contraídos con Galicia.
Las noticias en torno a la posible participación de la financiación privada en el plan de infraestructuras resultan también desalentadoras: el diseño que patrocina la CEOE sólo contempla las zonas ricas, donde las inversiones pueden producir un retorno mayor y más seguro. Galicia está fuera del mapa una vez más.
En este paisaje cabría esperar una movilización política y social sin precedentes. Pero no. La inminencia de unos comicios tampoco ayuda. «Lo decisivo para el futuro de Galicia -escribí en octubre- no es si la Xunta cambiará de manos o continuará en las actuales. Lo imprescindible es afrontar decididamente los retos que plantea el siglo XXI y empezar por fin a ponernos al día». Seguimos igual, en un sinfín de declaraciones partidistas, sin liderazgo y sin plan.
Es la hora de decir la verdad una vez más: parecemos un país sin proyecto -ni siquiera tenemos el que nos prometieron-, dividido en facciones políticas que sólo buscan su medro electoral o mantener el poder, que se pierden en acusaciones mutuas y son incapaces de llegar a un acuerdo sobre aquello que a todos los ciudadanos interesa: nuestro futuro. Tampoco se percibe en la sociedad civil aquella firme tensión que mostró en la tragedia del Prestige : falta una idea de Galicia, anegada en localismos paletos y en diminutos egoísmos y rivalidades mercantiles, mientras nuestros políticos se engañan y nos engañan, firman convenios y contratos de ficción, imposibles de ejecutar, mero papel mojado, porque nadie compromete los recursos necesarios, al tiempo que se continúan dilapidando las ayudas europeas y los ingresos procedentes de nuestros impuestos, también indirectos.
¿Cuánto tiempo podremos continuar así? Tenemos que conseguir que nuestra clase política se esfuerce por llegar a un gran pacto por Galicia antes de que se sumerja en la próxima vorágine electoral. Y si no se produce, habrá que buscar soluciones fuera de los ambientes políticos: entre la joven generación de dirigentes y emprendedores, en el aire libre y abierto de la sociedad que realmente hace y sufre Galicia.


lavozdegalicia. 13/02/2005

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