|
El
precio de la vaca gallega
| ANXEL VENCE |
Si
a un forastero recién llegado a Galicia se le preguntase quién va
a ser el próximo presidente de este reino, apenas hay duda de que
mencionaría el nombre de Anxo Quintana. Tercer clasificado en las
elecciones, el candidato nacionalista ocupa sin embargo las primeras
planas de los periódicos de la Corte madrileña y obtiene espacios
de privilegio en los informativos de la radio y la televisión. Y,
por descontado, copa los lugares preferentes de los medios gallegos.
Pudiera tratarse de una acertada estrategia de marketing y relaciones
públicas con la prensa; pero no. Lo cierto es que también el Gobierno
-de España, naturalmente- ha aceptado en la práctica a Quintana
como interlocutor natural, por más que el verdadero candidato a
la presidencia de la Xunta sea su correligionario socialdemócrata
Emilio Pérez Touriño.
Confirma esta extraordinaria hipótesis el hecho de que el alto dirigente
socialista José Blanco respondiese ayer -en términos favorables-
al requerimiento de pago de la "deuda histórica" a Galicia que formuló
Quintana en Madrid al día siguiente del desenlace de las elecciones.
Aseguraba ayer Blanco que la petición le parece "bien", en la medida
que este reino padece, a su juicio, un importante déficit de servicios,
infraestructuras, equipamientos y, en definitiva, desarrollo.
Cierto es que Blanco no quiso pronunciarse sobre el importe total
a que ascendería el débito histórico acumulado por Galicia durante
los últimos siglos; pero tampoco desautorizó las cuentas de Quintana,
que cifra en 21.000 millones de euros el saldo pendiente a favor
de los gallegos. Aun en la peor de las suposiciones, si el Gobierno
redujese a la mitad la suma reclamada por el dirigente nacionalista,
los vecinos de este país obtendríamos una cifra de inversión similar
a la del ya olvidado Plan Galicia.
Habrá que saber lo que opina, naturalmente, la ministra Magdalena
Álvarez, que se apresuró a saldar otra "deuda histórica" -en este
caso, la de Andalucía- con el más módico aunque cuantioso pago de
un cheque de 2.500 millones de euros. Esas son, en todo caso, cuestiones
internas del Consejo de Ministros que el propio Gobierno se ocupará
sin duda de resolver en el caso de que sea necesario.
Lo novedoso y acaso chocante de todo este asunto reside en que sea
el socio minoritario de la futura coalición de gobierno en Galicia
quien acapare la atención del público y los focos de los medios,
cuando parecería más lógico que ese papel correspondiese al más
votado de los dos. El socialdemócrata Touriño, y no Quintana, en
el caso que nos ocupa.
Todo tiene su explicación, como es natural. Si se da por hecho que
el partido con más votos pierde las elecciones aunque sea por la
breve distancia de un escaño, nada impide aplicar esa justa -aunque
desigual- regla aritmética al segundo y al tercer clasificado en
la liga de las urnas. Desde el momento en que el uno depende del
otro para gobernar, tanto da que el grande tenga veinticinco o treinta
diputados y el pequeño trece o dos.
Lo que Quintana ha hecho -con audacia rápidamente recompensada-
es presentarse al Gobierno como lógico interlocutor en Galicia,
en la medida que la presidencia de la Xunta depende del voto de
sus pocos o muchos diputados. Es un argumento similar al que vienen
utilizando desde hace décadas -con probada eficacia- los nacionalistas
vascos y catalanes en su relación con los que gobiernan desde Madrid,
ya sean de izquierdas o de derechas.
Consciente o no de ello, el Gobierno ha dado ya a Quintana el privilegiado
estatus de negociador de los intereses de una Galicia que, en palabras
del candidato nacionalista, no le va a salir "barata" a "Madrid".
De momento, el socialdemócrata Blanco ya ha dado a entender que
el precio de la vaca -ternera gallega de calidad- no le parece necesariamente
caro. Y, aunque los escépticos galaicos no acabemos de creérnosla,
la noticia no puede ser más alentadora.
laopiniónacoruña. 01/07/05
|