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El
Belén
| Aloma Vidal |
Me imagino
al mismísimo Herodes revolviéndose en su tumba. Tanto poder, tanta
sabiduría maléfica, tanto plan y tanto niño muerto para eliminar
a Jesús y no conseguirlo, y ahora resulta que una directora de instituto,
una profesora de la LOGSE, válgame el Cielo, se ha cargado de un
plumazo a la criatura, a sus señores padres, a los pastores y al
belén entero. Lo ha tirado a la basura, sin pensárselo dos veces
ni darle siquiera un minuto al cagané para que rematara su fisiológica
faena y obtuviera la dignidad de morir con los pantalones puestos.
Fuera con todo y laicas Pascuas.
A esta Herodes de la Enseñanza, a esta avanzada de la Educación
para la Ciudadanía, le ha importado muy poco el esfuerzo, el trabajo
y la ilusión de los santos inocentes que construyeron con sus manos
esa representación del Nacimiento como aportación artística al ambiente
que desde hace siglos es típico de estas fechas en nuestro país.
De nada les habrá servido a esos alumnos, seguramente, jurar por
el proceso de paz que la mayor parte de ellos no van a misa y ni
siquiera rezan por las noches y que concibieron esa manualidad únicamente
como una expresión enmarcada en la tradición que, al menos hasta
ahora, nos ha sido propia. Tal vez debieran explicarle a su directora
que la Navidad ya existía antes de que naciera El Corte Inglés,
las compras compulsivas y el pavo en Nochebuena y que las tradiciones
sobreviven a los tiempos y a las creencias como los Reyes Magos
sobreviven a Papá Noel. Y que no es malo mantenerlas, porque forman
parte de la cultura, concepto cuyo significado incluso ella podrá
encontrar sin muchas dificultades en un diccionario.
Esos chavales podrían decirle, podrían seguramente enseñarle, muchas
cosas a esta enseñante que ha demostrado tanta ignorancia, a esta
educadora que ha hecho gala de tan poca educación. Pero serían intentos
baldíos. No se puede hacer mucho ante alguien que, apoyada por la
Roma progre de los socialistas que reinan en Andalucía, esgrime,
para justificar su injustificable acto, el respeto al carácter público
y laico del centro mientras tira a la basura, junto a la mula y
el buey, el respeto debido a los estudiantes y profesores que hicieron
ese belén, a su trabajo, a sus creencias y a su libertad de expresión.
Todo sea por el bien de la modernidad.
Cómo se está poniendo el patio. Se tiran los belenes, se destierran
los festivales de Navidad y se eliminan los villancicos aunque se
arme la marimorena porque a la mayoría del personal les siguen gustando.
Es lo que se lleva. Habrá que ser precavidos, porque estos que ahora
mandan quieren mandar mucho y tienen una obsesión tan enfermiza
por decirnos lo que debemos y lo que no debemos hacer que no dudan
en controlar nuestros actos más privados.
Así que yo, por si acaso, he puesto en mi salón un belén acorde
con estos tiempos progres. He dejado como estaba al rey negro, aunque
he tenido tentaciones de cambiarle el camello por una patera, pero
al rubio le he oscurecido un poco la piel y los ojos y al blanco
lo he cambiado de sexo, para acercarme en lo posible a la paridad,
y le he colocado un velo musulmán en lugar de la corona. Y así,
los tres juntos, parecen la imagen misma de la Alianza de las Civilizaciones.
El portal lo he conseguido en el Instituto de la Vivienda y por
eso es de alquiler y no tiene, a escala, más de 25 metros cuadrados.
Por supuesto, he sustituido el clásico rótulo de "paz a los
hombres" que cuelga del tejado por uno de ³prohibido fumar²,
de manera que el cabrero se ha tenido que ir a echar el pitillo
a la otra punta del pueblo, junto a la hoguera, donde he colocado
a los pastores más jóvenes haciendo botellón. El alcohol corre con
alegría por esa zona pero, eso sí, están prohibidas las hamburguesas.
El niño se sigue llamando Jesús, pero ya he dispuesto que cuando
se haga más grande será bautizado por lo civil, en una fiesta muy
laica. Sus padres, María y José, no están casados, pero ayer dejaron
un rato al bebé al cuidado del buey y la mula para acercarse a la
boda del molinero con el leñador, a los que tuve durante años metidos
en un armario.
A Pepiño Blanco lo he puesto de ángel anunciador porque, aunque
muy angelical no es y nunca anuncia nada interesante, se le ve muy
satisfecho ahí colgado. Y a su jefe le he montado una mesa de póker
con unos cuantos maleantes a los que sonríe permanentemente a pesar
de que ya ha perdido hasta la camisa.
Sólo me queda decidir qué voy a cantar en Nochebuena ante semejante
cuadro. Como los peces en el río parece que ya no se llevan y lo
de campana sobre campana debe rayar lo políticamente incorrecto,
creo que empezaré cambiando la letra de uno de lo más clásicos para
entonar proceso de paz, proceso de amor, y acabaré, como no puede
ser de otra forma con este belén que se está armando, con lo de
saca la bota María que me voy a emborrachar.
19 /12/06
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