Viendo a la ministra
Trujillo anunciar la puesta en marcha de su plan de minipisos para
estudiantes, no puedo evitar acordarme, salvando las distancias,
de ese gran genio de los monólogos, género ahora tan de moda, que
fue Miguel Gila. Salvando unas distancias que son mucho salvar,
porque Gila tenía aquel humor especial que tanto nos hizo reír a
muchos y la ministra maldita la gracia que tiene.
Descubrimos ahora que el desaparecido humorista resultó ser un precursor
de la política moderna y de la progre-gestión, sólo que Don Miguel
actuaba para arrancar carcajadas y Doña María Antonia se supone
que actúa para arrancar de nuestro país el problema de la vivienda.
El primero lo conseguía con facilidad y, años después, la segunda
lo está consiguiendo igualmente. Me refiero, en ambos casos, a arrancar
carcajadas, porque en lo que se refiere al éxito en sus propósitos,
Gila le gana a la Trujillo por goleada.
La de Vivienda ha encontrado en la reedición de aquel "piso
tranquilo" que el monologuista del teléfono nos describía,
una solución al gran asunto del derecho de los ciudadanos a acceder
a un techo digno. Una solución, no obstante, que sólo lo es muy
parcialmente, pese a que va a costarnos a todos unos trescientos
millones de euros. Y es que esos pisos estilo Gila, en cuya cocina
sólo se podía freír un huevo de cada vez, no atajan el problema
de adquirir una vivienda en propiedad para toda la vida, sino que
son en alquiler y por un periodo concreto. Además, van destinados
únicamente a una parte de la población, los jóvenes; y de ellos,
sólo a unos cuantos, los que estudien en la Universidad; y de esos,
a los que cursen su carrera fuera de su lugar de origen. En total,
según datos del propio Ministerio, unos trescientos mil chavales.
Trescientos mil jóvenes que podrán acceder, dijo la ministra, a
las diez mil viviendas previstas en el plan. O sea, 30 individuos
por apartamento, que viene saliendo a estudiante por metro cuadrado.
Eso sí que van a ser pisos tranquilos y no el de Gila, aunque lo
de freír el huevo me parece que se va a quedar en utopía. Ya me
imagino a los chicos amueblando la casita a base de piezas del Lego
y jugándose a los chinos los turnos para dormir o ir al baño. El
estudio va a ser, desde luego, más en grupo que nunca, y lo mejor
será que se matriculen sólo de una o a lo sumo dos asignaturas sueltas
cada año porque los libros del curso completo no caben en la solución
habitacional.
Lo bueno de esto es que es una forma de vivir, por llamarlo de alguna
manera, que fomenta la dedicación casi absoluta a la labor propiamente
estudiantil, es decir, a hincar los codos. En primer lugar, porque
no hay otra forma física de colocarlos, los codos, sino bien apretados
al cuerpo y apoyados en las encogidas rodillas. Y en segundo lugar,
porque no hay sitio, literalmente hablando, para las distracciones:
ahí no cabe ni una tele, ni un equipo de música ni, casi, casi,
un MP3.
Y menos mal que hay por ahí otros progre-gobernantes afanados en
buscar espacios para que los jóvenes practiquen el botellón y se
diviertan bebiéndose a sus anchas los demonios de otra ministra,
la de Sanidad. Porque, desde luego, con los pisos de Gila de la
Trujillo los guateques privados se acabaron para siempre: sólo con
que cada uno de los inquilinos invitara a un amigo nos ponemos en
sesenta y hasta para un veinteañero resulta, creo yo, demasiada
aventura pasarse la noche de pie, con la nariz pegada al que entró
justo antes y conociendo la imposibilidad material de abrir la puerta
para huir una vez que haya entrado el último.
Es admirable la imaginación de la ministra de Vivienda, que para
no solucionar nada se inventa lo que ya está inventado, las residencias
de estudiantes, pero dándole a las clásicas habitaciones de aquellas
la categoría de pisos. De todas formas, yo, para reírme, sigo prefiriendo
a Miguel Gila.