Pepiño Blanco
debiera estar preocupado. Y no lo digo por la situación de su partido
o por la de nuestro país, que la primera cada vez parece tener menos
remedio y la segunda a él qué le importa mientras la mueca que contribuyó
a prefabricar siga viviendo en Moncloa. Lo digo porque le ha salido
a este personaje, a este accidente de la política, un serio competidor
en un ámbito, el de la locuacidad disparatada, en el que hasta ahora
el de Palas de Rei era el ídem.
Cuando las aberturas de boca del secretario de organización del
PSOE parecían insuperables, llega López Garrido, ese excomunista
converso, o sea, acomodado en la burguesía psoísta, y las supera
con nota. Que hasta mi vecina la del quinto dice que desde que este
tal Diego sale tanto para decir digo y digo más y nunca para decir
Diego donde dijo digo, que lo de rectificar, qué ordinariez, no
va con los suyos, parece como si el ilustre gallego que conseguimos
mandar a Madrid no estuviera ni allí ni aquí ni en ningún sitio.
El último grito de este nuevo fenómeno del arte de hacer declaraciones
ha sido exigir a voces que Aznar y Rajoy pidan perdón por la guerra
de Irak, que considera "uno de los mayores errores cometidos
por países democráticos". Y digo yo que, en esa clasificación
de errores que se atreve a manejar como se atreve a manejar la opinión
de los ciudadanos, dónde situará este hombre el proceso de paz de
su jefe. Que no le he escuchado yo de momento exigirle a la mueca
prefabricada que pida perdón por esa metedura de pata coronada con
dos muertos en Barajas y adornada con un rearme material y moral
de la banda asesina que supone arrodillarse ante los terroristas,
ceder a sus chantajes y querer vestirlo todo de ese buen rollito
que ya apesta. Tampoco le he oído demandarle a ETA que pida perdón
por sus cerca de mil muertos, ni a De Juana Chaos por sus quince
asesinatos y por regodearse públicamente en ellos.
No sé qué se habrá creído este aburguesado de la política que es
ser portavoz sociata en el Congreso para tomarse la licencia de
exigir a nadie que pida perdón. Él, que no ha sido capaz de disculparse
por insultar a un ciudadano discapacitado que acudió a una manifestación
y acusar al PP de falsificar víctimas. Él, que tacha de sectarios
a un millón de ciudadanos porque participaron en una manifestación
que no cayó bien a su propia secta. Y porque cometieron la osadía
de lucir la bandera y escuchar el himno de todos. No les gustó a
López Garrido y a los suyos la música de esa manifestación. La letra
ya hace tiempo que no la escuchan. Dice Diego que esos ciudadanos
estaban contra el Gobierno y no quiere saber más. Pues sí, se manifestaron
contra la política del Gobierno, contra la política de despreciar
a las víctimas y abrazar a los asesinos, contra la política de ceder
al chantaje, contra la política mantener el error, contra la política
de no seguir luchando contra ETA con los recursos del Estado de
derecho. Esa es la letra que ellos no quieren escuchar. A ellos
sólo les gusta la prosa de las manifestaciones que convocan para
apoyar al Gobierno, o sea, a sí mismos. O habría que decir de la
manifestación, porque hubo una, y de esa lo único que no le gustó
al portavoz socialista es que fueron cuatro gatos.
En tiempos no muy lejanos quizá cada vez menos, dichosa memoria
histórica- en España sólo se permitían las manifestaciones de apoyo
al régimen; las contrarias eran perseguidas. Después de treinta
años de democracia, el régimen sigue impulsando las primeras aunque
con mucho menos éxito- y persiguiendo las segundas. Sólo que ahora
la persecución se materializa en descalificativos salidos de bocas
como esta que ha desbancado a Pepiño Blanco y descolocado a mi vecina
la del quinto. Y que como siga abriéndose con tal desfachatez va
a tener que acabar pidiendo perdón simplemente por hablar.