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El artículo

Quién se habrá creído que es este tipo
| Aloma Vidal |

Lo peor no es que los terroristas nos tomen por idiotas. Lo peor es tener un presidente que o lo es o se lo hace. Y que trata a sus ciudadanos como si lo fueran.
Que los asesinos no permitan otra libertad que la que se conceden a sí mismos para matar cuando les dé la gana y reírse después sobre los muertos diciendo que no querían matarlos entra dentro de lo esperable. Que anuncien como tregua permanente lo que en realidad es otra de sus burlas, que la rompan sin previo aviso y que luego digan que no la han roto, que amenacen con nuevas "no rupturas" del alto el fuego, con nuevas bombas que matarán sin intención de matar, entra dentro de lo previsible. Pero que su desfachatez encuentre cómodo apoyo en una mueca convertida en presidente, en un tipo extraño de peligrosos delirios que considera accidentes los asesinatos, que se traga lo de la tregua permanente que resultó intermitente, que habla de paz mientras se roban armas, se extorsiona a empresarios, se incendian cajeros, negocios y autobuses y se intenta quemar a policías, que se resiste a dar por roto el diálogo de sus sueños y de nuestras pesadillas, no entra dentro de lo esperable, ni de lo previsible, ni de lo tolerable. No entra, siquiera, en la cabeza de nadie medianamente sensato. Y, sin embargo, ese tipo, quién se habrá creído que es este tipo, sigue empeñado en meterlo por la fuerza en la conciencia de una ciudadanía cuya sensatez había quedado sobradamente demostrada en casi treinta años de vida en democracia y libertad.

Hasta que llegó él. Se ha creído de verdad este tipo un nuevo mesías, un salvador de la era moderna, aunque su facha es mayormente la de un telepredicador que combina registros proféticos con gestos "kumbayás", aromas "flower-power" de pachuli rancio y aires de fábula infantil. Y con su sonrisa, que ha pasado de patética a siniestra, nos ha puesto a todos en la bandeja de los terroristas, nos ha obligado a rendirnos, nos ha forzado a tragar con el cuento de que hay que estar con ellos en vez de en contra, dialogar en vez de luchar. Resulta casi escandaloso cómo en tan poco tiempo lo ha revuelto todo. Rompió el pacto antiterrorista por una farsa, por darle más validez a los sanguinarios que a la oposición democrática, a los que matan que a los que sufren las muertes, a los que siembran el miedo que a los que lograron unirse en la lucha firme contra el terror. Confió en los que no merecen la menor confianza traicionando la que le otorgaron a él los ciudadanos. Ha acabado con la unidad necesaria. Y ha pervertido hasta el lenguaje, hablando de paz como si estuviéramos en guerra y desterrando la libertad hasta de las pancartas de las manifestaciones.

Quién se habrá creído que es este tipo al que todos pagamos por presidirnos para convencerse de que iba a hacer buenos a los malos y para intentar convencernos a todos de que los malos iban a dejar de serlo por las buenas. Que será lo que hay detrás de esa mueca que le hace llamar hombres de paz a los asesinos y obviar a las víctimas, a las que no escucha y desprecia comparando el dolor que ellos sienten y él no conoce con su llanto por un abuelo al que tampoco conoció ni sintió. Qué le empujará a comprometerse en nombre de todos con los terroristas sin tener el detalle de informarnos sobre qué es lo que, en nombre de todos, les había prometido y por cuyo incumplimiento, al parecer, nos han vuelto a atacar.

Quiso hacernos creer que los de ETA estaban entrando, gracias a él, en el buen camino, a pesar de los robos, extorsiones, actos de violencia y hallazgos de "proyectos de zulos para meter una serie de cosas" (tales como 60 kilos de explosivos) que se producían al mismo tiempo que él lo aseguraba. Nos profetizó que dentro de un año estaríamos, gracias a él, mucho mejor que hoy. La respuesta no esperó un año; no esperó ni un día. Un coche-bomba, dos muertos y un comunicado amenazante que su ministro de Interior tardó en entender dos días más que el resto de los españoles han hecho saltar las lágrimas que ya sabíamos que íbamos a llorar. La mayor parte de nosotros lo temíamos. Entraba dentro de lo esperable y lo previsible. Pero él y los suyos no lo esperaban. Se sentía lleno de razón cuando afirmaba que su maldito proceso era el único camino para acabar con la violencia etarra, que lo que se había hecho antes no valía y que los que no lo apoyaban es porque no querían la paz. Nosotros fuimos tragando. Los de ETA no. Pero quién se habrá creído que es este tipo para seguir manteniendo ahí su mueca.




10 /01/07

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