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El artículo

Pasado compartido, presente dividido
| Aloma Vidal |

Resulta llamativo que las tres propuestas de redacción del preámbulo para un nuevo Estatuto de Galicia que el miércoles murieron en Monte Pío hablen de unión, de sentimientos de identidad comunes y de ideas compartidas y que, paradójicamente, hayan servido únicamente para confirmar la división, la falta de comunión sobre lo que somos y la disparidad de pensamiento sobre lo que tenemos que ser.

El "pasado compartido" del que hablaba la oferta socialista se ha transformado, al parecer, en un presente dividido. Un presente en el que a los nacionalistas no les llega la concesión de los de Touriño de referirse al "hogar y nación común de los gallegos" ni a ninguno de los anteriores la más rebuscada de los populares, que introducen el concepto de sentimiento nacional circunscribiéndolo únicamente a los nacionalistas, en una propuesta que más semeja un mareo de perdiz, un no saber ya qué decir para no quedar ni bien ni mal sino todo lo contrario con no se sabe quién.

Resulta, más que llamativo, irritante, que los del BNG, que no representan ni a un veinte por ciento de los ciudadanos, se permitan afirmar que Galicia se define como nación por el sentimiento galleguista que nos une a todos. Los del PSdeG, que representan a unos miles más de gallegos pero ni mucho menos a la mayoría, también aluden a la voluntad de todos nosotros para justificar el, según ellos, carácter nacional de nuestra vamos a seguir llamándola Comunidad Autónoma. Está visto que ninguna de las dos fuerzas políticas incluye en ese "todos" a los más de setecientos mil (más del doble de los que votaron al Bloque) que apoyan a un partido, el PP, contrario a definir a Galicia como nación. Por su parte, los populares ni se molestan en mencionar expresamente a los ciudadanos en su propuesta de definición identitaria, sino que la centran en las fuerzas políticas, que también en su versión comparten pensamiento y tradición, ya se vio en el cónclave de la residencia presidencial.

Meses de trabajo y seis horas y cuarto de reunión para buscarle un nombre a eso que desde antiguo compartimos, sentimos juntos, nos une y nos es común. Meses de trastos tirados por unos a la cabeza de otros y un largo encuentro-desencuentro entre los tres que nos representan para demostrar lo mucho que nos separa, nos distancia en los sentimientos, nos divide en los intereses y nos aleja del consenso.

Podría pensarse que las referencias mencionadas por los tres partidos en sus respectivas propuestas para definir nuestra identidad aluden a una historia de Galicia que no existe, que se han inventado para justificar sus particulares intereses disfrazándolos de general necesidad. O tal vez podría concluirse que tales propuestas hablan de un pueblo, de unos ciudadanos, artificiales.

No se trata, en mi opinión, ni de lo uno ni de lo otro. Lo artificial ha sido presentar la cuestión identitaria de Galicia como una necesidad urgente para la sociedad gallega sin tener en cuenta a esa misma sociedad, que no siente esa cuestión ni como necesidad ni como urgente. Han vuelto a jugar con nosotros. Llegaron a convencer a una gran parte de que la reforma del Estatuto era fundamental y de que el momento era este. Ahora quieren convencernos de que lo oportuno es esperar. De la urgencia a la paciencia por culpa de la conveniencia. Porque la única necesidad real que había era la de cada uno de esos partidos de reforzar su propia identidad, de ser más que los otros, y para ello no han dudado en interpretar nuestra historia, nuestro sentimiento y nuestro pensamiento como mejor conviniera a su interés puramente político. Los nosotros reales no importamos. No somos ni siquiera un fleco más de esos que han impedido el acuerdo en temas como la financiación, seguramente lo único de verdad crucial en este proyecto de tanto para nada.

Dentro del disparate, probablemente el proyecto de texto que más se ajuste a la realidad sea el que llevó Núñez Feijóo a Monte Pío, que hablaba de fuerzas políticas y no de ciudadanos en relación con la descripción de nuestra identidad. Y es que está claro que lo de la reforma estatutaria es una cuestión creada por los partidos y para los partidos. La vida, para nosotros, sigue igual: hasta ayer, oíamos a unos líderes advertir de que no se llegaría a un acuerdo por culpa de los otros; a partir de hoy, oímos a unos líderes afirmando que no se ha llegado a un acuerdo por culpa de los otros. Y, gracias a esos líderes, hemos pasado de tener un pasado compartido a darnos cuenta de lo dividido que tenemos el presente.



19
/01/07

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