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Lo
que está pasando, en dos palabras
| Aloma Vidal |
Mientras leía
la prensa el otro día en mi café habitual, escuché sin querer algunos
retazos de una tertulia que varios ciudadanos mantenían tres mesas
más allá. Uno de ellos, cuando ya se marchaba, soltó como conclusión
personal que él definiría lo que está pasando en nuestro país con
dos palabras, y las dos empezaban por "es". No pude oír
cuáles eran porque el tertuliano bajó el tono de voz al pronunciarlas,
y me dio por jugar a adivinarlas.
Pensé, después de darle algunas vueltas, que "esfuerzo"
y "esperanza" podrían ser los dos vocablos que para aquel
hombre daban significado a esta actualidad que vivimos. Esfuerzo,
el que estamos haciendo los ciudadanos para no desfallecer ante
el rumbo que le están dando a nuestra vida los que ahora mandan,
que ya no se sabe a dónde nos van a mandar con sus decisiones. Y
esperanza, la que aún tenemos muchos en que las aguas volverán algún
día a su cauce, en que tendremos un Gobierno que gobierne para todos,
que no vapulee a los que se opongan a él y que no nos imponga la
cesión al chantaje para malvivir.
Pero ocurre que sigo leyendo la prensa. Y leo, por ejemplo, que,
después de que Zapatero intentara creerse alguien llamando proceso
de paz a un arrodillamiento ante ETA, y después de que los terroristas
le correspondieran con un bombazo y dos muertos en Barajas, y después
de que, sin rencor y de buen rollito, el presidente y sus secuaces
libren de la cárcel a uno de ellos, y después de que los asesinos
vuelvan a mover ficha extorsionando a empresarios, el Gobierno no
sólo no condena esta nueva acción, sino que se niega a confirmarla
mientras sigue suplicando a Batasuna algún detallito para permitirles
concurrir a las elecciones municipales.
Y leo también, por enésima vez, qué aburrimiento, que los socialistas
se afanan en despreciar y denigrar a los cientos de miles de ciudadanos
que salen a la calle a decirles que se niegan a entrar en ese juego
macabro que mantienen con la banda terrorista. Que los del talante
y la tolerancia les llaman fachas, franquistas y agita-fantasmas
porque no piensan como ellos. No, a los terroristas no, huya usted
de la lógica, se lo llaman a los que se manifiestan. Y, para probar
que son eso que les llaman, esgrimen como grandes argumentos la
vestimenta de esos ciudadanos o se inventan, poniendo si hace falta
fotos falsas en el panfleto oficial, que portan banderas preconstitucionales.
Ellos, que acusan a esos manifestantes y a quienes les convocan
de mentir y que apoyan otras concentraciones en las que abundan
las banderas republicanas o las de la hoz y el martillo, tan constitucionales
ellas, como todos sabemos. Concentraciones en las que piden a gritos
la ilegalización del PP, del único partido de la oposición, del
que representa a casi media España votante, los que luego (y antes
y durante) dicen que son los del PP los que crispan y los que enfangan
la vida pública. Los de la corriente del no a la guerra de Irak
y sí a la de Afganistán, que hasta en las guerras hay clases para
estos pacifistas y anticlasistas de la nueva ola progre. Los que
llamaron asesino al anterior presidente y alaban al actual por hacerle
la vida más fácil a un asesino.
Y leo también que, a pesar de todo, debemos estar sin caber en nosotros
mismos de gozo por las conquistas sociales alcanzadas gracias, por
ejemplo, a leyes como la de la Igualdad, que viene a ser como dar
por hecho que las mujeres no valen y por eso el Gobierno tiene que
obligar a las empresas, viva la libertad, a contratarlas en puestos
directivos y a meterlas, con calzador si hace falta, en los consejos
de administración. Y a los partidos a convertirlas en porcentajes
de sus listas electorales y a elevarlas a cupo de paridad en los
gobiernos que formen, como ha hecho el mismo que ha redactado la
ley, con resultados espectaculares, o sea, de espectáculos como
los de esa ministra que lo quiere prohibir todo y que también hace
leyes que su presidente alaba un día y al siguiente le tumba. O
de esa otra que, para arreglar el problema de la vivienda, regala
zapatillas para buscar piso o se inventa las soluciones habitacionales
de veinticinco metros cuadrados.
Y cuanto más leo más me parece que no debieron ser esfuerzo y esperanza
las palabras que pronunció el conversador del café. Porque pienso
que no hay esfuerzo que pueda con esto y que, según avanza esta
actualidad y resuenan las ideas de quienes la dirigen, la esperanza
se diluye. Y entonces se me vienen a la cabeza otras dos palabras
que también empiezan por ³es²: estupidez y estulticia. A que van
a ser esas las que dijo el tertuliano.
20/03/07
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