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Café
con espuma
| Aloma Vidal |
El aluvión de
informaciones, reportajes, encuestas y comentarios que ha levantado
lo del café a ochenta céntimos de Zapatero no deja de ser una muestra
de cuánto nos gusta en este país dejarnos llevar por la anécdota,
buscando quizá un puntual descanso de la mucha relevancia que nos
rodea. Casi medio centenar de preguntas hechas por gente de la calle
al presidente del Gobierno han dado como resultado más notable,
a juzgar por su reflejo posterior en los medios, el precio que Rodríguez
le puso al cafelito.
Pero la espuma del express tasado por el presidente esconde en el
fondo de la taza algo mucho menos anecdótico. No es sólo que el
jefe del Gobierno y el Gobierno en pleno estén alejados de la realidad
de sus ciudadanos, cosa que están demostrando a diario en asuntos
trascendentales y sin necesidad de enfrentarse a preguntas en un
plató de televisión. El meollo de la cuestión está en que mientras
ellos insisten en lo bien que va la economía española, los españoles
las pasamos cada vez más canutas para que nuestra economía vaya
bien.
Mi vecina la del quinto me comentaba esta mañana que no tiene ni
idea de cuánto cuesta un café porque no recuerda cuándo fue la última
vez que pudo tomarse uno en un bar. Para saber si de verdad el presidente
está al tanto de lo que cuesta la vida, ella le hubiera preguntado,
me dice, por el precio de la merluza, o del aceite, o de los tomates.
Que lo de entrar en una cafetería, añade, empieza a ser ya un lujo
para muchos que bastante tienen con comer todos los días, pagar
la hipoteca y los impuestos y llegar a fin de mes sin morir en el
intento.
Coincide mi vecina con muchos ciudadanos para los que la carestía
de la vida está inmersa en una escalada que asusta y que empezó
con la entrada en vigor del euro. Que asusta pero que, sorprendentemente,
no causa una reacción social notable. Pese a que muchos insisten
en negarlo, el redondeo de los precios es una realidad evidente
que hace que lo que antes conseguíamos con mil duros no lo logremos
ahora con cincuenta euros. Aquello que costaba cien pesetas pasó
rápidamente a costar un euro; para lo que antes valía con quinientas
chuchas ahora no llega con un billete de cinco, esto es, con más
de ochocientas de las de antes; y los diez euros se nos van hoy
con más facilidad que las mil pelas de entonces.
Es fácil imaginar que si de pronto se anunciara una subida de precios
generalizada de un sesenta y seis por ciento, se produciría una
reacción brutal por parte de la ciudadanía. Sin embargo, en la práctica
eso ha ocurrido y los ciudadanos parecemos sufrir en silencio. Y
sin pomada, porque a lo único a lo que no se ha aplicado el maldito
redondeo ni subida que merezca la pena comentar es a los sueldos.
Puede estar contento el presidente, porque no son pocas las veces
que a muchos nos dan ganas de montar una revolución en la puerta
misma del supermercado y, sin embargo, nos portamos civilizadamente
y con una resignación que, en cambio, no demostramos en otras ocasiones,
como cuando nos suben, en mucha menos proporción, algún producto
de primera necesidad individualmente. Puede estar contento y seguir
tomándose tranquilo su café subvencionado sin remover demasiado
la espuma, no vaya a ser que toque de narices con la verdadera realidad.
29/03/07
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