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Manuel
Fraga Iribarne
| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |
LA HISTORIA de Manuel
Fraga -mezcla de triunfos soberbios y de amargas derrotas- inclina
a pensar que no es un hombre corriente. Por eso estoy gozosamente
obligado a reconocerle esa excepcionalidad, objetiva y admirable,
que está por encima de las circunstancias personales que primero
nos unieron y después nos separaron. En el fondo de nuestras almas
llevamos dieciséis años de intensa y cruel guerra, que el tiempo
y la gente hicieron terminar en tablas. Yo di mis batallas a pie,
sin más armas que una pluma convertida en espada y un escudo de
tesón que me permitió rechazar la idea de un arrepentimiento que
me hubiese abierto las puertas a mil vanaglorias. Él, en cambio,
arremetía a caballo, con la fuerza y la credibilidad que da el poder,
y con la seguridad de que nadie puede resistir el empuje de una
autoridad inflexible que, en una mala imitación del Dios bendito
en el que ambos creemos, «premia a los buenos y castiga a los malos».
Ahora nos volvemos a encontrar en el dulce papel de «pasado». Y
por eso ha llegado el momento de que, haciendo honor a los tiempos
de cambio que vivimos, también yo le rinda un homenaje sincero que
ya no puede ser recompensado. Y quiero decirle que, aunque él cree
y comenta que me ve más contento que unas castañuelas, lo único
que celebro es que nuestra estúpida guerra haya acabado así: los
dos cansados y llenos de cicatrices, pero los dos de pie. Los dos
recluidos en casa, viendo como trabajan los nuevos, mientras los
hechos dirimen si sale adelante su Galicia o la mía.
Mi historia personal está íntimamente ligada a la de Fraga Iribarne.
Todo lo que soy y significo parte de una generosa oportunidad que
él me dio, y de la confianza ilimitada que puso en mí cuando aún
no había cumplido treinta años. Y todas las huellas que dejé en
esta querida Galicia pertenecen a unas botas que él me regaló hace
ya veinticuatro años. Pero su historia de gran líder también está
ligada a la mía, porque le devolví los talentos que me prestó convertidos
en su primera victoria democrática, y porque fui el primero que
le di una alternativa constructiva a su obcecado enfoque del Título
VIII de la Constitución.
En términos de poder, hecho de honores y mayorías, la historia de
Fraga desborda la mía por todos los costados. Pero la política es
algo más que poder. Y todo apunta a que la Galicia que hoy vivimos,
que incluye las cuatro últimas legislaturas, tiene mucho más que
ver con mis sueños de juventud, y con la apuesta política que yo
hice, que con medio siglo de poder ejercido por Fraga. Y en ese
sentido estamos empatados. No nos debemos nada. Salvo el respeto,
el agradecimiento y el cariño que, después de todo, le profeso.
01/08/05
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