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Fumad
y bebed, por favor
| CARLOS LUIS RODRÍGUEZ |
Si
la idea prospera, las cajetillas tendrán que añadir otro mensaje
a los ya conocidos avisos. O sea que por un lado podrá leerse "fumar
puede matar", y por el otro "fumar ayuda a financiar la
sanidad".
Animada por un sano instinto solidario, mucha gente volverá a engancharse
del cigarrillo, argumentando que se sacrifica en aras de la lucha
contra el déficit sanitario.
¿Quién podrá llamarle la atención al individuo que nos envuelve
en su humareda, si se trata en realidad de un mártir antideficitario?
Al contrario, habrá que darle las gracias y pedirle que compre más
paquetes, e incluso que forme una liga tabaquista para que se sumen
a la cruzada más ciudadanos, porque cuanto más se fume, más recaudará
la comunidad autónoma correspondiente, y mejores serán los hospitales.
Pobres autoridades sanitarias, obligadas a pedir que se deje de
fumar, pero necesitadas de que se siga fumando para mantener las
prestaciones que, entre otras cosas, se destinan a las víctimas
del tabaco. Ya resultaba paradójico que el propio Estado que se
gasta el dinero en pedir que no se fume, estampara su sello oficial
en cada cajetilla para dejar claro que había recaudado lo suyo,
pero es que ahora es directamente la Sanidad Pública la beneficiaria
de la tasa. En cierta forma, y si la idea prospera, los estancos
pasarán a ser dependencias del Sergas.
La idea es salir del atolladero sanitario recurriendo a impuestos
indirectos sobre varias cosas, entre ellas el tabaco, el mismo cuya
publicidad ha sido terminantemente proscrita. ¿Qué mejor publicidad
para las marcas que asociarlas a la lucha contra el déficit sanitario?
Ya no necesitamos ver al vaquero de Malboro por el Gran Cañón, sino
imaginar que cada calada contribuye a alejar al sistema de la bancarrota.
En fin, que el fumador empedernido pasa a ser un héroe. A pesar
de las muchas persecuciones que sufre, él persevera en un vicio
que ya no es tal, sino una contribución al bienestar general. ¿Sólo
el fumador? También el bebedor.
Habíamos quedado en que un alto grado de alcoholemia ponía en riesgo
la seguridad vial, pero ahora resulta que un consumo de alcohol
demasiado bajo sería una amenaza para el mantenimiento de los estándares
sanitarios.
Supongamos que en Galicia se dejara de comprar tabaco y consumir
alcohol. Qué comunidad más sana, dirán ustedes. Pues no. El conselleiro
de Economía tendría que llamar a la de Sanidad para darle la mala
noticia de que la recaudación por esos conceptos ha bajado, y que
por tanto hay que recurrir a la tijera presupuestaria.
Ese supuesto no se va a dar porque los gallegos sabemos que un poco
de vicio siempre es virtuoso, pero quienes han maquinado este nuevo
sistema de financiación sanitaria merecerían llevarse el susto de
levantarse un día y encontrarse con una ciudadanía que no fuma ni
bebe, y sólo se dedica a pecados que por el momento no tienen gravamen.
¿Qué pasaría entonces? Muchos son los peros que pueden ponérsele
a esta idea para combatir el déficit, empezando porque no se diferencia
el que tiene su origen en la mala gestión, del que depende de vicisitudes
demográficas o geográficas. Sin embargo, lo peor de todo es la hipocresía
de fundamentar parte de la solución en que la gente haga lo que
se le está prohibiendo, o sea, fumar y beber. Se decreta una persecución
contra los tabaquistas y se proscribe el botellón, y resulta que
a partir de ahora a cada fumador, a cada bebedor, habría que llevarlo
al panteón de contribuyentes ilustres.
02/09/05
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