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Mi
encuentro con los escritores
| Rodrigo Solís |
Dedicado a los
escritores y organizadores del Primer Encuentro Regional de Escritores
Andrés Iduarte 2007, y muy en especial a las edecanes, indispensables
musas que con su presencia hacen tolerable un maratón de literatura
para escritores y no escritores.
"El humor es parte de la vida y en consecuencia no debe ser excluido,
ni aún de la literatura seria."
- Lin Yutang
Siempre he estado conciente de que no pertenezco a ningún sitio,
y estoy convencido de ello gracias a que la gente no ha tenido empacho
en hacérmelo saber. Pocos lo saben, pero en una época antes de que
quisiera ser escritor, mi sueño era convertirme en jugador profesional
de fútbol, y casi lo logro, de no ser por todo el tiempo que pasaba
en la banca; mismo tiempo -noventa minutos para ser exactos- que
aprovechaba para leer un libro. Un buen día me tocó debutar en partido
amistoso gracias a la lesión de un compañero. Cinco minutos dentro
de la cancha tiempo oficial que estuve dentro, antes de que me
sustituyeran por otro jugador- me bastaron para descubrir que el
fútbol no era el mundo al que yo pertenecía, pues más que intentar
hacerme del balón, lo que en realidad hice fue dar un sinfín de
cabriolas para eludir los escupitajos de los veintiún jugadores,
porque no sé si ustedes habrán reparado en ello, pero ni una maldita
llama segrega tanta saliva como un futbolista profesional; y si
a pesar de los salivazos me quedaba algún atisbo de amor por el
deporte, mis compañeros de media cancha (todos ellos caballeros
graduados de Oxford) se encargaron de desalentarme por completo
rascándose los huevos y bombardeándome con mocos que salían de sus
fosas nasales cual torpedos de la fuerzas armadas estadounidenses.
En fin, cuando abandoné la cancha en medio de un mar de mentadas
de madre el futbolista tiene un sutil tacto para subirte el ánimo:
"no hay pedo cabrón, a la próxima le metes más huevos y te chingas
a esos hijos de puta"- el entrenador me sujetó del brazo y me dijo:
"Muchacho, considera otra profesión; juegas al fútbol como un escritor".
Los años pasaron y me dediqué a otros oficios. Igualmente renuncié
a todos ellos, hasta que un día descubrí que lo único que me hacía
medianamente feliz era eso de escribir, así que empecé a hacerlo.
El tiempo pasó y me hice de algunos lectores, cosa que no significa
que pueda llamarme a mi mismo un escritor de verdad, porque el gremio
de escritores nunca me ha aceptado dentro de su círculo, cuya critica
acerca de mis escritos ha sido más o menos la siguiente: "No eres
tan malo, sólo eres un poquito peor que Carlos Cuauhtémoc Sánchez".
En fin, básicamente ese fue el principal motivo para verme reacio
a participar en cualquier tipo de taller literario o encuentro de
escritores, hasta el fin de semana pasado, cuando el Instituto de
Cultura de Campeche tuvo la chiflada idea de enviarme a Villahermosa
como su representante dentro del género narrativo. Claro que, hay
que aclarar, como primera opción estaba mi querido amigo Eduardo
Huchín, que por cuestiones laborales -él sí trabaja- no pudo asistir
al evento, así que, sin más remedio y con el tiempo encima, tuvieron
que enviar a un servidor.
El evento fue inaugurado el jueves por la noche. Mientras la directora
del Instituto de Cultura de Villahermosa daba un emotivo discurso
de bienvenida, el auditorio empezó a temblar. En un principio pensé
que eran mis nervios, pues desde mi llegada me dijeron que habría
una mesa de debate acerca de la creación y publicación literaria,
actividad en la cual ignoraba que tendría que participar, pues según
yo mi presencia en el evento estaría limitada a leer uno de mis
textos narrativosŠ lo cual me tenía con los nervios despedazados
de cualquier manera, más aún al saber que pasaríamos a leer en orden
alfabético por Estado, de los cuales Campeche sería el primero.
Por primera vez lamenté que la RAE no hubiese hecho oficial la forma
en que escriben los 'xavos', pues así el representante de 'Xampexe'
o sea yo- hubiera sido el penúltimo en pasar. Ta, ta, ta, ta, ta,
ta, ta. Repiqueteaba el techo, las paredes y las sillas del auditorio.
"Puta madre, está temblando", dijo un aterrado escritor a un lado
mío, comentario del que aprendí dos cosas nuevas: que no soy el
único que ignoraba que tiembla en Tabasco y que ser culto no te
exime de escupir sapos y culebras de vez en cuando.
Durante todo el evento no me cansé de tirarle indirectas y también
directas a los organizadores de que era una persona propensa a los
ataques de nervios cuando me veo delante de un micrófono, y que
si querían evitarse otro temblor similar al de la inauguración tendrían
que tener la gentileza de suplantar el vaso de agua por uno de tequila
cuando llegara la hora en que me tocara estar ante el público. Sin
embargo, todos se reían de mis ruegos como si aquello de mis nervios
fuera una broma, y para colmo, mientras más serio ponía el semblante
e intentaba por todos lo medios convencerlos de que debía estar
ebrio para soportar aquello de exponerme frente a un público tan
conocedor, todos volvían a desternillarse de la risa, los muy cabrones.
Al final, como sospechaba, no me dieron el tequila, pero gracias
a una rigurosa dieta de nervios y un par de litros de café pude
salir al ruedo, y según mis amigos jamás cometería la osadía de
llamarlos colegas- me dijeron que no estuve tan mal en el escenario,
y de hecho uno que otro se aventuró a decirme que estuve bien. El
truco para hablar acerca de la publicación literaria siendo un escritor
al que en su vida le han publicado un sólo libro, es tocar el tema
de futuros proyectos, y eso fue precisamente lo que hice. Hablé
sobre mis planes a futuro, que incluyen publicar un libro en colaboración
con Eduardo Huchín (escritor publicado y reconocido por la crítica
literaria), el cual consistirá en una serie de crónicas de la ciudad
de Campeche. Para los que estuvieron presentes en el auditorio,
igual y no me lo van a creer, pero mi intención no fue hacerlos
reír; tan sólo quería platicarles sobre los temas que abarcaría
un libro que probablemente nunca vea la luz. Sin embargo, cada monumento,
edificación, festividad y personaje campechano que citaba, hacía
a la gente revolverse de risa en sus butacas. Incluso una señora
que luego me enteré era una escritora de renombre- dijo que quería
comprar el libro cuando fuese publicado, lo cual más que halagarme
me dejó frío del terror al ver el menudo compromiso en el que me
había metido y en el que había embarcado a mi amigo Eduardo.
Horas más tarde llegó el momento de dar lectura a mi escrito, lo
cual me tenía petrificado del miedo porque durante el encuentro,
al interactuar con mis nuevos amigos en las sobremesas y pláticas
en los pasillos, descubrí con horror que tengo el peor gusto literario
del mundo y que mis autores favoritos resultaron ser para la mayoría
literatura Sanborn's, lo cual es bastante curioso si consideramos
que en Campeche no hay Sanborn's. Pero en fin, acepto y respeto
mi lugar de no pertenecer a ningún sitio, y no me arrepiento de
haber asistido al encuentro sino todo lo contrario, me siento privilegiado
por haber tenido la oportunidad de descubrir nuevos y talentosísimos
escritores, pero sobre todas las cosas a invaluables seres humanos,
porque esa es una de las muchas virtudes que tiene la literatura:
por lo regular forja a hombres de bien.
Ignoro la percepción o imagen que se habrán llevado de mi persona
quienes participaron y asistieron al evento al término de la lectura,
pero lo que me queda claro es que, mientras me quede ánimo para
escribir, intentaré que mis escritos hagan reflexionar a quien los
lea, y de vez en cuando le hagan esbozar una sonrisa, porque la
literatura es tan grande y generosa que incluso tiene espacio para
algo más que la solemnidad; porque la literatura también tiene el
derecho de ser divertida, y si tengo el honor de que me sigan invitando
a encuentros de escritores, mis letras asistirán dirigidas a personas
valiosísimas como las edecanes, cuyo heroico trabajo es el de permanecer
de pie durante interminables horas evitando que el público se duerma
en las butacas al escuchar mis paparruchadas y las de los demás.
Son ellas el público al que quiero llegar, las personas que no se
dedican a la escritura, para demostrarles que la literatura puede
ser un delicioso vicio como la televisión o el cine, y si ellas
me honran con una risotada, nunca me importará que no me llamen
escritor los escritores de verdad.
13/07/07
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