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El
autógrafo millonario
| Rodrigo Solís |
"Los juegos
infantiles no son tales juegos, sino sus mas serias actividades."
-
Michel de Montaigne
Michael Jackson no siempre fue una criatura albina y alienígena
de sexo y raza indescifrables que disfruta de toquetear niños y
preñar mediante ósmosis a terrícolas de tez alba para asegurar un
linaje de herederos blancos como la nieve. En otros tiempos, Michael
era un flacucho y simpático negrito adolescente dueño de un talento
para la música y para el baile fuera de esta galaxia, cuyo guardarropa,
pese a ser la estrella más famosa del mundo gracias a su disco Thriller,
parecía estar limitado a una chamarra roja, un par de pantalones
dos tallas más chicas a la suya, unos calcetines blancos y unos
zapatos negros de charol. ¡Cómo olvidar el videoclip de la canción
Thriller! Michael logró lo que ni un otro artista había logrado
antes: enseñarnos nuestros primeros erráticos pasos de baile al
mismo tiempo que protagonizaba nuestras más escalofriantes pesadillas.
Era imposible no pasar de un estado de excitación, al verlo cantar
y bailar por unas siniestras callejuelas al lado de su novia pues
en ese entonces le gustaban las mujeres, y lo que es aun más extraño,
las mujeres negras-, a uno de terror absoluto cuando de repente
se veían rodeados por unos horrorosos muertos vivientes. Es en ese
momento del video cuando para nuestra sorpresa, en una escena profética
que en ese entonces no vimos venir, Michael se convierte en un pálido
zombi que intenta junto a sus secuaces de ultratumba comerle los
sesos a su novia al ritmo de pegajosos pasos de baile. Al final
la joven vive: todo había sido una pesadilla, así que confiada cae
a los brazos del cantante que amorosamente la abraza. Lo que no
sospecha ella (ni nosotros), es que Michael en realidad era una
especie de gato montés-hombre lobo, pues sus ojos humanos se transformaban
en unas redondas y fosforescentes canicas, dejando a nuestra imaginación
cómo se merendaría a la chica.
Después de aquello, el mundo moderno se dividió en dos grandes eras:
Antes de Michael Jackson y Después de Michael Jackson; división
que marcó de forma definitiva la aparición del Paso Lunar, confirmación
de que el nuevo Mesías había llegado a la Tierra. Ese era el verdadero
Michael Jackson, el flautista de Hamelin que durante más de una
década se valió de sus espectaculares movimientos para hacerse de
los seguidores más chiflados y pintorescos, que lo imitaban e idolatraban
como a un dios terrenal. Al menos así se vivió en mi niñez. En especial
con un niño que cursaba un grado atrás que yo, del cual no recuerdo
su verdadero nombre porque se hacía llamar Michael Jackson. Es curioso:
en cualquier otra primaria del mundo, por menos que eso te hacías
acreedor a una generosa dotación de lapos, calzones chinos, tacazos
y puñetazos en el bajo vientre por el resto de tu primaria. Sin
embargo, este no era el caso de este singular personaje. Él era
en realidad Michael Jackson, o al menos eso creía, y lo creía con
tal fervor muy a pesar de que era un gordito moreno de nueve años
de edad-, que los abusadores de la escuela, en vez de golpearlo,
quedaban hipnotizados ante sus endiablados pasos de baile que realizaba
en los pasillos de la escuela a la hora de los recreos. "¡Paw!",
"¡Hi-hú!", gritaba cada que algún malhechor daba un paso para aproximársele.
"Tacatacatacán-tacatacán-tacatacan-tacán" tarareaba deslizándose
de espaldas con sus zapatos bien boleados. "¡Paw!", "¡Hi-hú!", volvía
a gritar en medio de enloquecidos giros de 360 grados. "¡Paw!",
sentenciaba manteniendo a raya a los truhanes para luego marcharse
a su salón de clase como si aquello fuera con el comportamiento
normal de cualquier niño que estudiara con los Legionarios de Cristo.
Incluso fuentes confiables, es decir, los hermanitos de mis amigos
(los abusadores de la escuela), nos confesaron que Michael Jackson
jamás abandonaba su papel de Michael Jackson, ni siquiera en los
exámenes orales, respondiendo a las preguntas de la maestra siempre
con un "¡Paw!" o un "¡Hi-hú!", levantando el brazo derecho por los
aires y sujetando su entrepierna con la izquierda. Sin embargo,
el repertorio de Michael Jackson no era exclusivo de la escuela.
Por aquellos años el verdadero Michael Jackson o tal vez debiera
decir, el otro Michael Jackson- sacó al mercado un juego de video
llamado Moonwalker, en el cual debías salvar al mundo aniquilando
a mafiosos y a extraterrestres con pasos de bailes y patadas voladoras,
juego de video que desde luego fue monopolizado por Michael Jackson,
a quien todos los fines de semana se le podía ver en las maquinitas
de Plaza Fiesta rodeado de sus fieles súbditos desde adultos hasta
niños- que le observaban terminar una y otra vez el juego con una
sola ficha. "¡Paw!", "¡Hi-hú!" gritaba al mismo tiempo que el Michael
Jackson del juego de video cada que derrotaba a un maloso.
Ahora que Michael Jackson parece haber sido tragado por la tierra,
no puedo dejar de recordar con cierta nostalgia una tarde lluviosa
como la de hoy, sólo que de hace casi dos décadas. El colegio estaba
desierto. Mi mamá había olvidado ir por mí, así que para entretenerme
llevaba casi una hora contemplando el torrencial aguacero que inundaba
las canchas de básquetbol. En eso, tras unos ensordecedores truenos
que iluminaron el cielo gris, escuché el eco de unas pisadas por
los corredores. Era él. Era Michael Jackson. Con mirada altiva se
me quedó mirando desde el otro extremo del pasillo, se sujetó el
ala ancha de un sombrero inexistente y se aproximó hasta donde estaba
sentando bailando con toda la inspiración que cabía en su regordeta
humanidad. Segundos antes de que el claxon del auto de mamá sonara,
Michael llegó a centímetros de mi y sacó de uno de sus bolsillos
un papel arrugado, me lo entregó y me dijo antes de perderse en
la oscuridad de los pasillos: "guárdalo, en algunos años valdrá
miles de dólares".
Créanme, aún sigo esperando la reaparición de Michael Jackson para
cortarme las venas por haber tirado aquel mismo día el autógrafo
a la basura.
27/07/07
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