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La
increíble carta del orgullo herido
| FERNANDO ÓNEGA |
DRAMA en el hogar de los populares. El abuelo Fraga
y aquel hijo en que había puesto todas sus complacencias se han
peleado en la plaza del pueblo. Don Manuel había dicho, de pasada,
que el reducto gallego no se había sentido «suficientemente» apoyado
por ese hijo en la crisis del Prestige , y pasó lo que tenía que
pasar: que fue el hombre que mordió al perro. No era nada grave,
pero un hombre que muerde a un perro siempre es noticia. Y la prensa,
siempre tan perversa, agrandó esa liviana queja hasta convertirla
en información. Y en algún caso, de portada.
Llegó el asunto a los castigados oídos y a los incrédulos ojos de
Aznar: «Lo veo y no lo creo». Le cayó la queja sobre su memoria
histórica como una bomba. Vale que le critiquen los socialistas.
Vale que sean injustos los periodistas. Vale que le hagan vudúes
las gentes de Nunca Máis; pero ¿usted también, don Manuel? «No salgo
de mi incredulidad», lamenta el ex presidente, como si Fraga le
hubiera hecho la afrenta del siglo; como si el discutir su apoyo
en aquellos tristes días anulase sus ocho años de gobernante.
Aznar no escribe cartas. Aznar nunca deja constancia de sus sentimientos.
Aznar sólo expresa menosprecios con sus silencios, frialdades y
distancias. Pero Fraga (mejor dicho, el eco mediático de su frase)
lo ha provocado. Le hizo salir a borbotones el orgullo que lleva
dentro. Es la primera vez que desde las filas de su partido alguien
se atreve a disentir, a criticar, a negar su obra de gobierno, y
eso le parece tal herejía, que necesita denunciarlo por escrito,
para que quede constancia ante los historiadores y las generaciones
futuras.
Quiere decirse que, en este caso, han chocado la sinceridad que
tienen las personas mayores con el alto aprecio que un gobernante
tiene de sí mismo. Ni Fraga hizo una acusación tan grave que merezca
el cañonazo de esa respuesta, ni ha sido tan falsa como para que
Aznar se ponga a desempolvar archivos periodísticos para enfrentar
los viejos piropos del presidente gallego con la frase de hoy, como
si hablase de un enemigo.
¡Ay, vanidad de vanidades! No hay peor cuña que la de la misma madera.
No hay crítica más dolorosa que la surgida de la propia familia.
Entiendo, por esa carta, que Aznar ya se considera fuera de la política,
y actúa de guardameta de la validez de su obra. Cuando alguien piensa
-porque se lo han dicho muchas veces sus aduladores- que ha sido
el mejor presidente de la historia de España, la consecuencia es
obvia: quien se atreva a poner en duda una mínima parte, merece
la excomunión. Y, si esa persona es el fundador del partido, no
existen reparos en reprocharle incoherencia, como si fuera un producto
de la edad. Vanidad de vanidades.
lavozdegalicia. 19/02/2005
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