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Ciudad
de la cultura
| JOSÉ MANUEL PONTE |
El
nuevo gobierno social-nacionalista de Galicia ha reconocido que
no sabe qué hacer con la gigantesca obra de la Ciudad de la Cultura,
proyectada en Compostela. Es natural. Tampoco lo sabía muy bien
el anterior gobierno de derechas del señor Fraga, que fue quien
la inició. Y desde luego no lo sabría nadie en el mundo aunque se
convocase un concurso de ideas entre los mejores urbanistas, programadores
de eventos culturales y empresarios de grandes espectáculos circenses.
Ni siquiera si llegasen a resucitar sucesivamente, por alguna suerte
de milagro, a todos los faraones de Egipto desde la III hasta la
XII dinastía, y de igual modo volvieran a la vida los soberanos
mayas y los aztecas -que fueron grandes constructores-, sabrían
que uso darle. Porque, la denominada Ciudad de la Cultura, por sus
dimensiones, no deja de ser una especie de pirámide proyectada en
el seno de un monte que se ha horadado para albergar allí una biblioteca,
una hemeroteca, un museo de la historia, un teatro de la música
y una sección destinada a las nuevas tecnolo- gías. Todo, de dimensiones
tan colosales que habría que vaciar o dejar sin uso otros edificios
destinados a esos mismos menesteres para llenar semejante espacio.
Las razones últimas que llevaron al señor Fraga Iribarne a proyectar
e iniciar una obra tan costosa (ya va por los 372 millones de euros
comprometidos) no son bien conocidas. Levantar semejante mole justo
al lado de una ciudad que es, en si misma, un monumental exponente
del arte y la cultura de varios siglos, parece una redundancia grandilocuente.
¿Qué más "ciudad de la cultura" queremos que la propia Compostela?
Así pues, descartado que la tal obra tenga algún uso que ya no estuviese
atendido por la Administración, sólo cabe apuntar hacia algún objetivo
megalomaníaco, funerario, o quizás hacia alguna suerte de legado
arquitectónico a la posteridad. Desde hace años -y sobre todo a
partir de la edificación de la sede del Gughenheim en Bilbao- entre
los gobernantes españoles de cualquier ámbito es moda encargar la
construcción de obras firmadas por arquitectos famosos -a ser posible
extranjeros- vengan o no a cuento y encajen o no dentro de una planificación
urbanística sensata. Es posible que unos lo hagan por un cierto
complejo de nuevo rico y otros para tapar -o acallar- su mala conciencia
por reiterados atropellos inmobiliarios. El caso es que, no hay
ayuntamiento (o autonomía) que se precie que no tenga alguno de
estos "edificios singulares", y los arquitectos de renombre internacional
acuden en bandadas a firmar -y a cobrar- proyectos que sólo resultan
viables gracias a la generosa, y al parecer ilimitada, financiación
pública. ¿Habrá calculado alguien lo que se podría hacer por la
cultura gallega invirtiendo esos 372 millones de euros en mantener
y adecentar los monumentos públicos, restaurar los cascos viejos
de ciudades y pueblos, rescatar del abandono el patrimonio artístico,
dotar las bibliotecas, etc, etc? El espectáculo de la cultura nos
importa más que la propia cultura.
farodevigo. 22/09/05
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