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La
solución más postergada de la Historia
| Gustavo D. Perednik |
El verdadero problema en el caso de los refugiados
palestinos, es la manipulación informativa. El resto, puede obtener
fácil solución. Que la prensa española con frecuencia se dedique
a la cuestión no llamará la atención, ya que en términos generales
se esmera desproporcionadamente en todo lo que puede zaherir a Israel
y al pueblo judío. Para la judeofobia de medios como El País, los
judíos apenas si tienen derecho a la vida, y para todo atentado
terrorista contra israelíes, se encontrará la manera de descargar
la culpa en las víctimas.
Esta escala de valores retorcida es la que alienta a los regímenes
trogloditas del mundo árabe a continuar su guerra genocida contra
Israel, porque saben que en Occidente habrá una Maruja Torres que
siempre salga a defenderlos. Y la matanza continúa. Baste leer la
forma en que la prensa española se refiriere a cualquier reciente
atentado terrorista palestino para llegar a la deprimente conclusión
de que esa prensa maniquea es socia directa de la muerte en el Cercano
Oriente. Pero como lo definiera la enfermiza sinceridad de Enrique
Curiel en el título de su artículo en La Razón de Madrid (20/4/03):
"el problema es Israel." Siempre Israel, nada más que
Israel. Precisamente, destacar un asunto de entre miles, y pasar
a definirlo como "problema", es un ardid propagandístico
con el velado intento de priorizar ciertos intereses por sobre otros,
e imponer al debate internacional un arbitrario orden del día. Así
fue con «el problema judío» y así se deriva de "el problema»
de Jerusalén".
Sin duda los pueblos árabe-musulmanes (el palestino incluido) padecen
gravísimas dificultades: la práctica de la esclavitud, la degradación
de la mujer, la explotación de niños, la lasciva pompa de sus jeques,
emires y reyezuelos; la violenta persecución de «desvíos» sexuales,
la pena de muerte por apostasía o adulterio, la poligamia, la corrupción,
la represión de conciencia, la falta de libertad de expresión, de
asociación, de prensa; el atraso, el analfabetismo, la tendencia
constante hacia la violencia, la aquiescencia terrorista.
En fin: lo peor de las sociedades contemporáneas se ha concentrado
en la guarida del mundo árabe, un resabio medieval al que su principal
intelectual ya desaparecido, Edward Said, ha denominado «un infierno».
Un infierno social al que lo agrava una característica que le es
propia: echarle siempre la culpa al mundo externo. Los países de
la Liga Árabe son la antítesis de la autocrítica, y por ende nunca
avanzan en la solución de sus problemas. Por ello, será ineficaz
quien de la mezcolanza de desdichas que hemos desgranado, se empecine
en agitar una sola, aquélla con la que los árabes pueden volver
a achacarle culpas a los de afuera (innecesario aclarar que Israel
es el permanente candidato a acusado). Quien exima a los árabes
de asumir responsabilidad por sus infortunios, deberá de hacerlo
por una de dos motivaciones: o bien una mala intención judeofóbica
(como en el caso de la prensa española, salvo honrosas excepciones),
o bien una miopía masoquista de quien acata el temario que le dictan
los violentos. En cualquiera de los dos casos, aceptar que el gran
problema del Medio Oriente es Israel, o los refugiados palestinos,
tendrá como efecto impedir que los sufrientes árabes, por una única
vez, inviertan sus esfuerzos en paliar sus verdaderos infortunios,
en vez de dedicar sus energías a denigrar a Israel.
Un uno por ciento muy popular Casi toda guerra, en mayor
o menor medida, produce refugiados. Desde la segunda guerra mundial
hubo en el mundo cien millones. El 99% de esos casos terminaron
resolviéndose satisfactoriamente, aun cuando se trataba de poblaciones
que migraban con idiomas distintos de los de los países que finalmente
los absorbieron, y que practicaban culturas y religiones diferentes.
El único 1% tercamente postrado, fueron los refugiados árabes, a
pesar de que su veintena de Estados poseen un territorio mucho mayor
que toda Europa (para una población que es sólo un cuarto de la
europea), con inmensas riquezas petroleras.
Estados que además, tienen religión e idioma uniformes, lo que reduciría
la tarea de captar refugiados a una mera cuestión de buena voluntad.
Precisamente, que nunca hayan deseado resolverlo, ése es el verdadero
problema. Los judíos sí solucionamos la desgracia de nuestros refugiados
(enormemente peor que la de los árabes) gracias a que la sociedad
israelí es autocrítica: como no busca constantemente las culpas
afuera, aceptó el desafío y venció todo escollo. Arribaron a Israel
sin trabajo, sin sustento, sin idioma, con traumas y dolor, millones
de ellos, a quienes una sociedad pequeña, joven, agredida, sin recursos
ni petróleo, les otorgó vivienda, educación, salud, democracia,
identidad y futuro. El maravilloso éxito es la quintaesencia del
sionismo.
De entre los millones de refugiados judíos, una parte de ellos inmigraron
precisamente desde los países árabes, de donde se vieron obligados
a escapar humillados y desposeídos. (Huelga decir que los medios
europeos jamás registraron su sufrimiento). Y aunque en cifras fueron
similares a los refugiados árabe-palestinos (más o menos medio millón),
cabe señalar una diferencia: mientras los judíos huyeron bajo amenazas,
los árabes partieron, en su mayoría, azuzados por las bravatas árabes
que les prometían vanamente regresar una vez que Israel fuera destruido.
A fin de noviembre de 1947 el delegado egipcio en la ONU advertía
de que "la vida de un millón de judíos de los países musulmanes
se ha puesta en peligro debido a la partición". Los líderes
israelíes, por el contrario, le ofrecieron a los árabes que permanecieran
en el país hebreo naciente. Y se produjo un intercambio de poblaciones,
perfectamente natural, que en otros casos fueron expeditamente aceptados
por la comunidad internacional (como el resultante de guerras entre
India y Pakistán, o entre Grecia y Turquía, entre otros).
Nunca crear, siempre destruir
La exigencia del liderazgo de Arafat de que los refugiados palestinos
regresaran a Israel (lo que terminó arruinando las negociaciones
en Camp David en 2000 y los motivó a la más sangrienta agresión),
siempre implicó una paradoja notable para su movimiento nacional,
paradoja nunca expuesta en los medios occidentales. Si desean un
Estado palestino independiente, no es lógico proponer a un tiempo
la división de su pueblo. Uno no puede ser un nacionalista palestino,
y simultáneamente impulsar la despalestinización de su propia gente,
por medio de pedir que una parte de ésta sea israelí. Esta paradoja
no la señalo sólo yo. Ya la mencionaba expresamente Khalil Shikaki
(director del Centro Palestino de Investigación Política y Opinión
de Ramallah) en un artículo publicado en el Wall Street Journal
la última semana de julio 2003).
Lo que Shikaki omitía es que la paradoja tiene una explicación,
clara y dolorosa. El movimiento nacional palestino no procura ningún
logro nacional, nunca lo ha procurado, ni siquiera la independencia.
Lo que busca es la destrucción del otro. En aras de ese objetivo,
está dispuesto a sacrificar a su propia población, sea perpetuando
la miseria de los refugiados, sea educando a sus niños en el odio
y en modelo de la autoinmolación como antesala del paraíso, sea
en el rechazo reiterado de crear su propio Estado para convivir
con Israel (como hicieron en Camp David). La responsabilidad de
que existan refugiados árabes es de ellos. Si hubieran aceptado
la partición de 1947, no habría habido ningún refugiado.
La responsabilidad de las guerras sangrientas en el Medio Oriente,
es de ellos. Si hubieran aceptado alguna de las proposiciones de
la ONU o de los israelíes en aras de una paz genuina, no habría
habido en nuestra región tanto torrente de sangre de ambas partes.
Una de las expresiones más trágicas del objetivo arafatista de destruir
al otro y de no construir nada para su propio pueblo, fue y sigue
siendo la conmemoración de la «nakba» (catástrofe) que ha comenzado
hace algunos años. Los líderes palestinos no estimulan a su gente
a celebrar ningún logro propio, sino a lamentarse de los ajenos,
y así cada 15 de mayo manifiestan con violencia contra la independencia
de Israel. No plantean una medida que resuelva la adversidad de
sus refugiados, sino una que permita destruir Israel.
El sino trágico de los palestinos es que su problema tiene una solución
al alcance de la mano. Como lo señaló Albert Memmi, todo su sufrimiento
comenzó porque se trasladaron (en general voluntariamente) a unos
pocos kilómetros de distancia, hacia terruños con su mismo idioma
y costumbres. Si no fueron absorbidos es porque sus hermanos los
líderes árabes quisieron (y quieren) usarlos como peones políticos
para seguir amedrentando a Israel. Con una módica contribución de
los inagotables pozos petroleros sauditas, y buena voluntad, el
problema se resolvería en cuestión de meses.
Pero los medios de difusión, enceguecidos por su obsesión anti-israelí,
han optado, también en este tema, por echar más leña al fuego en
vez de estimular la solución. Quienes legitiman la cortina de humo
que se llama "refugiados palestinos", y de este modo alientan
demandas irredentistas encaminadas a destruir el Estado judío, ellos
son el problema. El de la perseverante enemistad para socavar a
Israel, que sí es un asunto serio. A diferencia del otro, es muy
profundo, y su solución aún no se ve en el horizonte.
15/11/07
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