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El
hombre del que nadie habla
| Rodrigo Solís|
Hace unas semanas ocurrió algo que ocurre todos los
días, con la diferencia de que en esta ocasión hubo una indiscreta
cámara de video que grabó el suceso. Probablemente te habrás enterado
de la historia del inadaptado que agredió verbal, física y sexualmente
a una adolescente ecuatoriana en el vagón del metro de Barcelona,
ya que no hubo noticiero y periódico que no diera la nota. Todo
este escándalo desde luego ya se ha olvidado, por eso, para refrescar
un poquitín la memoria, retuve este escrito unas semanas antes de
publicarlo cuando hasta Dios Padre opinaba indignadísimo sobre el
tema.
Para los que no saben de lo que les estoy hablando, les resumo:
en un vagón de metro hay tres pasajeros; uno de ellos es una chica
ecuatoriana menor de edad que permanece sentada en su asiento mirando
por una de las ventanillas sin meterse con nadie, como lo haría
cualquier otro día de la semana de no ser porque ahora aprieta fuertemente
las mandíbulas e intenta concentrarse en los recuerdos más dulces
de su infancia, que la transporten a un lugar lejos del que se encuentra
en estos instantes; el segundo pasajero es un sujeto que a simple
vista sería un ciudadano como cualquier otro, de no ser porque está
de pie, con las venas del cuello saltadas y profiriendo una retahíla
de insultos y de amenazas contra la menor de edad, para luego hinchar
un poco más las venas del cuello ante la impotencia de no amedrentar
lo suficiente a su victima, hasta llegar al grado de darle unos
pellizcones, tocarle un pecho y (como cereza del pastel) asestarle
una patada en la cara, y luego seguir insultándola hasta que el
vagón del metro se detiene y la adolescente escapa por la puerta
despavorida rezándole a su dios si es que aún le resta fe para
creer en algo- para que el pasajero que le gritaba y le golpeaba
(todo esto sin dejar de mantener una charla por el celular) no la
siga y la descuartice en un callejón oscuro o en una avenida transitada
a vista y paciencia de cientos de transeúntes, turistas, comerciantes,
políticos y policías.
El tercer pasajero es una persona como tú o como yo, un hombre más
o menos de la misma edad y complexión del pasajero de las venas
encrespadas y las palabrotas. Este prócer está sentado frente a
la chica, pero por desgracia es una persona discapacitada, es decir,
está ciego y sordomudo, y, agregaría Shakira, también torpe, traste
y testarudo. Lo que ocurrió después de lo que se pudo ver en le
video, cuesta creerlo. La adolescente con un par de ovarios bien
puestos tuvo el coraje para contarle a su madre la tragedia que
le sucedió y luego para denunciar a su agresor con las autoridades;
a su vez, las autoridades gracias al video del metro lograron dar
con el rufián para hacerlo comparecer ante los jueces. Los jueces
por su parte, luego de escuchar la declaración del acusado, lo dejaron
en libertad provisional ya que el inadaptado alegó estar bajo la
influencia del alcohol, es decir, dijo ser inocente pues en sus
cinco sentidos nunca hubiera hecho lo que hizo, eso sí, aseguró
estar muy avergonzado después de que le enseñaron el video. En resumidas
cuentas, el pan de cada día.
Un día a día donde la mayoría de las injusticias que se cometen
permanecen impunes por no haber sido grabadas por cámaras de video
para que todos podamos indignarnos y/o horrorizarnos a un mismo
tiempo. Y tan sabemos que ocurren, que cuando por obra y gracia
divina son grabadas y puestas ante nuestros ojos hacemos lo mismo
que el tercer pasajero, porque de idéntica forma es vejatorio que
se golpee e insulte a una mujer, como que un político se llene los
bolsillos de dinero y/o acepte un soborno para deforestar nuestras
tierras frente a nuestras narices y no digamos esta boca es mía.
En una simple analogía bien podemos imaginar que el vagón del metro
es nuestro país, la chica indefensa son los cientos de miles que
sufren injusticias, el bravucón son los canallas, sinvergüenzas,
asesinos y políticos, y el hombre que se queda sentado en su asiento
(del cual nadie habla) cuya única preocupación en esta vida es que
ya se le hizo tarde para ver la telenovela de las nueve somos todos
nosotros, los millones de habitantes de este México tan lindo y
tan querido donde nunca pasa nada. Eso sí, cuando la diosa fortuna
nos de la espalda y nos toque ser la chica vejada gritaremos a los
cuatro vientos que vivimos en un mundo muy injusto, y todos los
millones que vean cómo nos golpean e insultan, arrancándonos de
tajo la poquita dignidad que nos quedaba, se solidarizarán unos
con otros para hacer como que no ven, como que no escuchan y como
que no hablan.
16/11/07
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