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El artículo

Galicia está en el diván
| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |

EN CONTRA de lo que dicen sus detractores, no es cierto que Fraga Iribarne nos haya dejado en el furgón de cola de todas las magnitudes económicas. Porque si bien es cierto que nuestra renta y salarios son de los más bajos de España, que disponemos de servicios de pésimo nivel, que disfrutamos las pensiones más escuálidas del país y que llevamos diez años creciendo por debajo de la media, nadie puede discutirnos el honor de figurar entre las autonomías más endeudadas de España, sólo por detrás de Valencia y Cataluña. Los 3.326 millones de deuda que se contabilizan en San Caetano equivalen al 7,2% del PIB gallego. Y si fuese verdad que la ingeniería financiera del anterior ejecutivo consiguió disimular cerca de 800 millones más, alcanzaríamos un montante deudor de 4.100 millones de euros, equivalentes al 8,7% del PIB, sólo superados por el balance deudor (11,2%) que el gran Zaplana dejó en Valencia.
La naturaleza del déficit presupuestario es uno de los temas más discutidos de las ciencias económicas. Y, aunque cada vez está más claro que un endeudamiento elevado y prolongado produce efectos muy perniciosos para el sistema, no faltan los teóricos de la economía y de la Administración que consideran la deuda como un signo de gestión eficiente, o como el único recurso que tienen las economías menos desarrolladas para converger con las más avanzadas. Ello no obstante, sin tratar de resolver tan peliaguda cuestión, tengo por evidente que si Galicia se endeuda muy por encima de la media, mientras obtiene resultados muy por debajo de la media, estamos ante un desastre de gestión que hay que denunciar.
Por si este razonamiento no fuese suficiente, conviene recordar que nuestra cabalgada deudora -la de Fraga, quiero decir- coincidió en tiempo y lugar con el maná de los fondos europeos, con los tipos de interés más bajos de la historia, con un decenio de bonanza económica que no tiene precedentes y con la expansión del sistema financiero de las comunidades autónomas. Y por eso hay que considerar como una gravísima noticia que esta afortunada combinación de oportunidades se haya resuelto en un decenio de clara divergencia entre la economía, los equipamientos y los servicios de Galicia y de España.
En tal circunstancia, estamos obligados a hablar de estas cosas de forma descarnada. Porque en un país que lleva tres lustros sin hacer crítica ni oposición, tragando ruedas de molino y contribuyendo a la actitud oficial de negar las evidencias, las duchas de agua fría que nos brinda la estadística tienen el efecto saludable y clarificador de un psicoanálisis colectivo. Como si toda Galicia estuviese buscando su pasado, sentada en el diván.


lavozdegalicia.27/10/05

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