Como en el PSOE no saben hablar y en el PP no sabe leer, en la política
española se juntan el hambre y las ganas de comer. ZP comentó la
conveniencia de la "tensión" y la presunta oposición le saltó al
cuello con un sinónimo. "Tensión" en castellano no significa "crispación",
pero el castellano es para patriotas. En semántica funciona una
teoría según la cual, con un poco de mala fe, es posible dar la
vuelta a cualquier término y emparentarlo con su contrario. Así,
"bueno" puede equivaler a "amable", "amable" puede interpretarse
como "complaciente", "complaciente" como "débil", "débil como "irresponsable",
"irresponsable" como "perezoso", "perezoso" como "vicioso", "vicioso"
como "malvado". Lo que a un sofista le lleva un rato demostrar,
un español con mala leche lo logra en un segundo. Sin necesidad
de referirse a Husserl: "Lo mismo es aproximadamente igual".
Gran parte de los cabreos de la difunta legislatura han sido discusiones
semánticas conducidas por analfabetos tras alguna declaración oficial
que confundía el culo con las témporas. El "matrimonio" homosexual
era una catástrofe (¿por qué no llamarlo "patrimonio"?); la "nación"
era una (lo que excluía metafísicamente a los catalanes), "diálogo"
es sinónimo de traición y el "laicismo" consiste en echar cristianos
a los leones (subvencionándolos previamente para que estén más gordos).
La "tensión" es "crispación" porque por ahí fluye el Pisuerga.
Como dos provincianos que aspiran a que sus hijos disfruten de la
cultura que ellos no pudieron costearse, ZP y Mariano han venido
haciendo elogios desmesurados y catetos del inglés. El presidente
ha prometido dinero Assimil extra si lo votamos. Con la crisis que
se avecina, unas lecciones de gramática española facilitarían más
las cosas.
En España, en cuanto un político se expresa correctamente, lo descabalgan.
Le pasó a Herrero de Miñón, uno de los raros que sabían leer y escribir.
Le acaba de pasar un poco a Gallardón. Mucha gente está dispuesta
a creer que ZP tiene buenas intenciones. Le queda dejar de trafulcar
palabras con su zeta (¿quién es el iletrado que ha ideado esa campaña?),
y concluir entera alguna frase. Mariano desgraciadamente las construye,
con lo que su inanidad queda más fácilmente al descubierto ("las
ideas claras": y tanto). Y aunque aún no haya aprendido a utilizar
los pronombres personales ("Hay que decirle a los españoles...").
En España, la incultura de los ministros de cultura, de ambos signos,
ha sido una fuente estupenda de chascarrillos. Uno se jactaba de
ser "catorceavo", otra de leer con fruición a Sara Mago; otra protestaba
que no era Pixie la de "sic dixit". Gente así ha venido rubricando
nuestros planes de enseñanza.
Por eso, cuando enchufamos la televisión francesa, o la inglesa,
o la alemana, y oímos a políticos discordantes -no más inteligentes
pero sí más civilizados- que, sin escupirse siquiera, recitan frases
completas con educación y sintaxis, nos entra un poco de envidia.
No hace falta inglés. Bastaría con no ser bestias.