Ganar
un debate no es ganar las elecciones
| Fernando Jáuregui |
Figuro, me temo, entre los escépticos que no atribuyen propiedades
curativas ni taumatúrgicas a los debates preelectorales. Cierto
que es mejor tenerlos, aun con este formato encorsetado, que no
tenerlos en absoluto, como nos ha venido ocurriendo en los últimos
quince años. Pero de ahí a pensar que en la noche de este lunes
se decidió la mitad del resultado electoral, y que la otra media
se resolverá el lunes próximo, hay un abismo.
Los electores, a falta de profundización en las cuestiones que nos
convienen y competen, tenemos sentido del espectáculo. Las formas
priman sobre el fondo. No digo yo que hayamos vuelto a un moderno
sucedáneo del 'pan y circo' con que los emperadores romanos entretenían
a las masas, pero no me negarán ustedes que algo de circense hay
en el montaje y desarrollo de la debatitis que nos aqueja: el más
pausado, el más arriesgado, el menos respetuoso con el adversario,
el que tiene más 'cara' (perdonen el término vulgar, pero ¿cómo
decirlo si no, sin que resulte ofensivo?) es, usualmente, el que
gana (y conste, desde luego, que no estoy atacando al vencedor -aunque
¿quién es el vencedor en esta ocasión?-).
Ocurre con las tertulias radiofónicas, y con muchos de esos aquelarres
que algunas televisiones montan entre opinadores radicalizados:
el favorito del público es el gladiador más sanguinario, el que
lanza más lejos su grito de guerra, no el que más técnica, mejores
motivaciones o mayores conocimientos demuestra.
Y ya se sabe que uno de los dos -usted sabe cuál de los dos- ha
mostrado siempre, no solamente ahora, mayor instinto 'killer' con
el oponente. ¿Ese es el que ha ganado, el que gana... el debate,
que no necesariamente las elecciones??