Las encuestas dirán lo que sea sobre el segundo, y nada definitivo,
debate, pero yo he hecho la mía y hay muchos que piensan lo mismo:
estamos decepcionados. El debate no sólo fue una reiteración del
primero sino que, además, los dos contendientes deprimieron a los
espectadores. Deberían reflexionar sobre el hecho de que más de
un millón de espectadores del primer debate no se encontrara con
fuerzas de seguir el segundo y pensar que si hubiera un tercero
no pasaban de los diez millones ni regalando chupa-chups.
El nivel medio del debate fue mediocre y no tuvo la altura mínima
que debe exigirse a dos personas que aspiran a ser -y una de ellas
lo será, salvo catástrofe inesperada- presidente del Gobierno. No
hubo un planteamiento de política general medianamente serio. No
se habló de política exterior como si eso fuera un tema menor: ni
de la Unión Europea, ni de Hispanoamérica, ni de la presencia española
en Afganistán o Líbano, ni de Kosovo ni de nada. Sólo, otra vez
más, la guerra de Irak, para echarse en cara errores o apoyos. ¡Que
debate más antiguo!
Apenas se habló de sanidad, que es un problema de primer orden,
o de la Universidad, que está bajo mínimos, y nada de Justicia,
cuando es uno de los asuntos clave para la convivencia y la salud
democrática de un país y tenemos no sólo juzgados paralizados por
una huelga y una justicia con pocos medios que funciona mal, sino
a tres de las más importantes instituciones de una democracia -el
Tribunal Supremo, el Constitucional y el Consejo General del Poder
Judicial- enzarzados y dando un espectáculo lamentable. Nada se
habló de los mayores, de la familia, de las políticas sobre el aborto
o la eutanasia, que se han llevado al debate social.
El uso perverso del lenguaje en algunos momento, la interrupción
permanente del presidente Zapatero que impedía escuchar lo que decía
Rajoy, el diálogo de sordos, la utilización de datos hasta el aburrimiento,
el echarse los muertos del terrorismo encima de la mesa son asuntos
de una enorme gravedad para un observador imparcial que no busque
réditos partidistas. Refutarlo todo o hablar de proyectos "para
el 2020", es respetar poco a los ciudadanos. Ya sé que los militantes
de uno y otro partido estarán encantados con "la victoria indiscutible"
de su líder. Con eso ya cuento. Pero yo creo que ayer, los dos contendientes
perdieron una excelente oportunidad de devolver la fe en la política
a los ciudadanos. Gane quien gane, parecemos abocados a seguir otros
cuatro años en la dinámica del enfrentamiento que impide solucionar,
con consensos, con acuerdos de Estado, los problemas básicos de
un país que empieza a hacer agua por distintos frentes. Por eso,
tras el debate, muchos ciudadanos pensamos si merece la pena o no
votar a uno de los dos grandes. No va a ser una decisión fácil.