Los libros son uno de los mayores tesoros que tiene el hombre. Y
no lo digo porque me dedique a la escritura y quiera jalar agua
para mi molino. No. Lo digo porque es una verdad absoluta y comprobada
a través de los tiempos. Un buen libro es como aquél mejor amigo
con el que tienes la certeza de que siempre podrás contar; un amigo
silencioso e introvertido que no espera nada de ti. Absolutamente
nada. Solo que te acerques a él para platicarle tus alegrías y miedos,
tus sueños y temores. Él permanecerá atento y silencioso en espera
de reír contigo o regalarte un cálido abrazo que te reconforte.
O igual puede que esté sobreestimando a estos valiosísimos tesoros
de los que hasta hace relativamente poco desconocía su verdadera
valía y mi necesidad de ellos como parte esencial en mi vida, pero,
¿quién no sobreestima a un mejor amigo?
Confieso que de los libros no recuerdo tanto las historias que me
relatan sus páginas como los paisajes que me rodean y las emociones
que experimento en el momento de ir de la mano junto con ellos.
Sobre todo en aquellos días de incertidumbre cuando mi mamá me veía
con ojos de angustia como si fuera un hombre sentenciado a muerte
por las decisión poco calculada e inmadura que había tomado en mi
vida al abandonarlo todo para convertirme en escritor. Un bicho
raro que deambulaba como un fantasma por las sombras de la casa
construyendo castillos de naipes que sirvieran de cimiento para
sostener una vida adulta. Advertencias que rugían furiosas acerca
de un mundo que me desollaría vivo. Todas esas emociones y sentimientos
los recuerdo como si fuesen ayer; hoy que emocionado y con una melancolía
inmensa como el horizonte de agua silenciosa y quieta que me rodea,
contemplo la última página de ese amigo que se despide para emprender
nuevas aventuras lejos de mí. No puedo evitar esbozar una sonrisa,
y siento el impulso de buscar más allá de la frontera del punto
final que aparece delante de mis ojos. Mi amigo se marcha. Pero
se marcha con la promesa de recordarme siempre. De guardar en su
memoria todos los momentos difíciles y alegres que pasamos juntos.
Con la promesa de regresar cada que así yo lo desee. De retornar
a sus páginas cuando los años intenten extinguir las llamas del
niño que se resiste a morir dentro de mi. Recordándome que la magia
existe. Que vive dentro de nosotros. Y que crece y emana de nuestro
ser cuando creemos y soñamos en los imposibles. En lo inalcanzable.
Amigo mío, te confieso que envidio terriblemente a las nuevas generaciones
de niños que tendrán el privilegio de crecer a tu lado. Gracias
por convertir a los adultos de nueva cuenta en niños, y por mostrarle
a millones de hombres que un libro es el tesoro más valioso y mágico
que pueden tener entre sus manos. Porque hay libros como tú que
poseen magia y logran lo imposible, que en este mundo virtual y
analfabeto todavía se pueda hechizar a personas para que lean 3,668
páginas en vez de embrutecerse frente al televisor viendo telenovelas
o jugando videojuegos, o dándole la fuerza suficiente a un joven
para creer que podía ser un escritor cuando estaba a punto de renunciar
a su sueño.
Gracias Harry Potter, nunca te olvidaré.