Acabo de leer el último trabajo de Hans Magnus Enzensberger, a quien
tuvimos la oportunidad de ver por España, cuando le concedieron
el premio "Príncipe de Asturias", y, en una especiede relato con
visos de ensayo, aparece un personaje, que me recuerda a mi tía
Pascualina, pero en alemán, y con un pasado de cantante de lieders
más o menos famosa. Josephine dice en voz alta todas esas cosas
que el ciudadano corriente se pregunta a menudo, y les aplica con
desparpajo el sentido común del ignorante... o no tan ignorante.
stoy tan influido por Josephine, que durante estos días, ante determinados
asuntos, me inquiero qué reflexionaría sobre ello Josephine, y el
ejercicio me procura diversiones íntimas y regocijantes.
Por ejemplo, comienzan a aparecer caras viejas y caras nuevas que
van a ser familiares en el parlamento que vaya a constituirse en
esta legislatura, y el diablillo de Josephine, estoy seguro, plantearía
con todo descaro, la siguiente cuestión: "De todas estas señoras
y de todos estos caballeros ¿quienes ganarían mucho más dinero trabajando
en sus negocios o en la empresa privada y quienes no encontrarían
un trabajo con la remuneración que van a recibir?".
Se trata de una grosería, pero nadie ha dicho que Josephine, que
toma el té con refinado vestuario, sea refinada, ni exquisita en
sus planteamientos. Precisamente, el gran hallazgo de Magnus Enzensberger
es que sea una señora procedente de la burguesía quien se pregunte
en voz alta por qué los ciudadanos se han vuelto tan estúpidos que
pagan dinero por una prenda y, al ponérsela, se conviertene en anunciadores
gratuitos, o llegue a la conclusión de que el Arte sin esfuerzo
no es Arte, y comience a señalar la larga lista de tarambanas que
nos han convencido de que son artistas.
A veces, yo mismo me sorprendo de que, tras aplicar "el método Josephine"
determinadas convicciones que tenía por inamovibles se me tambalean.
Puede que, también, porque se nos está olvidando el molesto y beneficioso
acto de discurrir.