El Parlamento europeo ha pedido casi por unanimidad a los países
miembros que no acudan a la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos
si el régimen de Pekín no dialoga con el Dalai lama. Es un gran
paso adelante y hay que esperar que los Gobiernos europeos, como
ya han anunciado Gordon Brown o Sarkozy, anuncien su voluntad de
no estar presentes si China no cambia su política de derechos humanos.
Obama también le ha pedido a Bush una medida similar. Pero hay que
ser realistas. A la mayoría de los Gobiernos europeos y a Estados
Unidos les interesa más el mercado que los derechos humanos, el
comercio que la libertad, incluso la vida, de unos ciudadanos perseguidos
simplemente porque quieren ejercer sus derechos básicos, los que
tenemos, y no valoramos, la mayoría de los ciudadanos. Incluso cabe
la duda razonable de si Obama fuera presidente haría lo que, ahora
que sólo es aspirante a candidato, le pide a Bush.
Todos los Gobiernos del mundo son conscientes de la "represión brutal",
como la define el Parlamento europeo, de las fuerzas de seguridad
chinas contra los manifestantes tibetanos. Pero esa es sólo una
de las represiones que se ejercen en ese país. Ese es sólo uno de
los derechos fundamentales que cada día viola el Gobierno chino.
Aunque China ha iniciado un camino irreversible hacia la libertad,
especialmente en el terreno económico, los derechos humanos son,
hoy por hoy, un objetivo lejano, nada importante. Sus ciudadanos
no son libres ni para tener hijos ni para manifestarse, ni para
ejercer sus derechos. Pekín, Shangai o Hong Kong son una ventana
falsificada de la China actual. China es una dictadura que Occidente
permite porque China es un gran mercado y una potencia económica.
China no es Irán ni Afganistán ni Pakistán ni Cuba. China vale lo
que puede pagar o comprar. Y eso es mucho. La hipocresía de los
Gobiernos occidentales, de sus líderes, que viajan allí, respaldan
a sus dirigentes y no hacen mención de los graves atentados contra
los derechos humanos, merece un cero.
Ahora, los países democráticos, y especialmente la izquierda progresista
que también guarda un silencio culpable, tienen una ocasión inmejorable
para que el pueblo chino sepa que todos estamos con ellos, contra
la dictadura, contra cualquier dictadura, por la libertad, por la
democracia. No sólo del Tibet. De cada uno de los ciudadanos chinos.
Si ningún dirigente democrático acude a la inauguración de la Olimpiada,
si los deportistas portan pegatinas pidiendo la libertad y el respeto
de los derechos humanos, China y todos los países del mundo sabrán
que hay valores que no se compran con dinero, que no tienen precio.
El problema es que nadie, ningún país, ningún dirigente va a querer
perder su "cuota de mercado". Mercaderes antes que personas, dinero
antes que derechos.