Los tanteos preliminares del congreso del Partido Popular tienen,
como ahora se dice, mucho morbo, en parte por su interés por sí
mismos, en parte también porque así la atención no se fija en las
cosas que hace, o que debería hacer y no hace, el Gobierno. Eso
de los medios de comunicación es muy raro: ¿Qué es más importante:
la bronca entre los dirigentes del PP sobre si ese partido es liberal,
socialdemócrata o democristiano, o lo que vaya a ocurrir con el
barco español secuestrado en aguas somalíes? ¿Qué tiene más morbo:
saber si Rajoy invitaba o no a Esperanza Aguirre a marcharse del
PP, o que sea precisamente José "Pepiño" Blanco el que
acuse a Rajoy de "descomunal autoritarismo" después de
que el PSOE haya hecho imposible la continuidad de Rosa Díez o Gotzone
Mora en sus propias filas?
El Partido Popular es presa de la agitación propia de un partido
que ha perdido las elecciones cuando esperaba ganarlas, y ahora
se pregunta si el mismo candidato es el más adecuado para enfrentar
las siguientes. El congreso de junio podría ser una catarsis, una
salida de la perplejidad después de un debate a fondo que comprendiera
todos los aspectos ideológicos, programáticos, estratégicos, tácticos
y, naturalmente, personales de esta compleja cuestión. Pero por
todas las trazas no lo será. Lo más probable es que se cierre en
falso, sin ese debate y con con Mariano Rajoy confirmado en la presidencia
y en la candidatura. Y lo más notable de todo esto es que nunca
se sabrá si esta salida habrá sido mejor que un debate abierto y
una elección directa del candidato por todos los militantes.