Vieja
y nueva política
| Francisco Muro de Iscar |
Andan revueltas las aguas por las fugas de Zaplana a Telefónica
y de David Taguas, el jefe de la Oficina Económica de la Presidencia
del Gobierno, a la patronal de la construcción, SEOPAN. Los que
ayer decían que no les gustaban "estos túneles oscuros entre
la política y las empresas públicas privatizadas" o los que
guardaban silencio pero se reían por dentro, hoy aprovecharán el
puente de mayo para esconderse. Quienes criticaban a Zaplana por
fichar por una gran empresa a cambio de "un millón al año",
hoy no saben dónde meterse. Y quienes pedían por la radio que se
auditara el patrimonio de Zaplana desde que era alcalde de Benidorm
hasta hoy, también tendrán ocasión de meditar este fin de semana
si la regla vale para todos.
Hay una clara hipocresía en muchos españoles al demonizar lo privado
y engrandecer lo público. Sucede especialmente en la vieja izquierda
decimonónica que aún manda en muchas esferas de los partidos. Lo
público, para ellos, es sinónimo de generosidad, grandeza, solidaridad;
lo privado, por el contrario, es explotación, beneficio desmedido,
interés personal. La realidad es que la sociedad ya no es lo que
era hace cincuenta o cien años y que la empresa privada, con todos
sus problemas, el mercado y el liberalismo, con todos sus errores,
son los que han impulsado y hecho posible el impresionante cambio
social y económico que se ha producido en Occidente. Y que, simultáneamente,
el comunismo y el socialismo han mostrado su fracaso político y
económico en todos los países en los que se han implantado por la
violencia o por el voto. Los ciudadanos saben que la eficacia y
el progreso se dan en los sistemas de competencia y libertad y que
los emprendedores que crean empleo son los empresarios y no el Estado.
Por eso, la salida de Zaplana -que debería haber dejado el poder
en el PP hace cuatro años- tiene matices muy diferenciados respecto
a la de Taguas. Zaplana llevaba años fuera del Gobierno y podía
irse desde la política a la empresa privada, como antes lo han hecho
Felipe González, Solchaga, Rato, Piqué y tantos otros, unos con
patrimonio y otros sin él; por el contrario, Taguas se va a SEOPAN
después de haber tenido parte muy activa en los problemas internos
y externos de las empresas constructoras españolas y habrá que ver
si incurre en incompatibilidades. Pero ni uno ni otro, ni nadie,
deben pedir perdón por pasar de lo público a lo privado como si
fueran mundos enfrentados. Lo malo es cuando un político no ha pasado
nunca por la empresa privada ni ha ejercido otro oficio que el de
político profesional y, sin embargo, toma decisiones que afectan
a ese entramado empresarial y social que nunca ha pisado.