No soy tan aficionado al boxeo como Manuel Alcántara o José Luis
Garci, o lo era Julio Cortázar, que reproducía con su inigualable
estilo combates memorables, pero siempre me produjo admiración ese
abrazo fraternal entre el triunfador y el derrotado, como si tras
la batalla reconocieran en público que todo lo anterior era accesorio,
un juego, y que lo trascendental es mantener la dignidad y el reconocimiento
entre los contendientes, cualquiera que haya sido el resultado.
El espíritu del deporte se ha ido diluyendo a golpe de talón y a
latigazos de soberbia. La profesionalidad ha creado espectáculo
y el espectáculo es un negocio, y los negocios no están para fomentar
la lírica, sino para convertir la épica en productos envasados.
El paradigma de esta evolución, tan terrible como deslumbrante,
es el fútbol, donde casi todo resulta excesivo: las cantidades económicas,
la audiencia y la conmoción social que produce. No hay parangón
con ninguna otra actividad, si exceptuamos la industria de Hollywood,
y, lejos de remitir o amainar, cada vez es más se vuelve más enorme.
Por eso, el llamado pasillo de los dos eternos rivales, la aceptación
del triunfo y la derrota entre el Barcelona y el Madrid, tuvo el
valor de los gestos de gran proyección. Aparte de que Kipling ya
nos recordara que había que tratar al triunfo y al fracaso como
lo que realmente son, como dos impostores, no creo que haya demasiadas
personas que en estos momentos lean a Kipling y, sin embargo, son
millones de personas, las que contemplan un partido de fútbol.
Ya que, durante demasiadas y odiosas ocasiones, el fútbol ha sido
pernicioso ejemplo de violencia, sean bienvenidos los gestos pedagógicos
que devuelven la caballerosidad al deporte.