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Cal y arena
| Carlos Luis Rodríguez |
Pocos países de talla M como el nuestro,
tienen la dicha de contar con un Nobel y un medallista olímpico
casi perpetuo. Galicia es una de ellos y sin embargo, tanto Cela
como David Cal han de sobrellevar un extraño estigma. Los quiere
la gente, pero en ciertas esferas producen desasosiego porque no
encajan en los moldes en los que algunos encierran la galleguidad.
A don Camilo le daba igual. Respondió a la mezquindad primero con
una insolencia brillante y después legando una gran fundación. Pasado
el tiempo, nadie recuerda los nombres de los intelectuales resentidos
que negaron su arraigo, o los políticos que decidieron ubicarlo
en ese limbo nacional a donde van a parar los gallegos dudosos,
con pecados todavía no expurgados.
Mal que les pese, Cela sigue vivo, renace cada vez que un lector
de cualquier lugar del mundo abre un libro suyo, para descubrir
en cada recodo un temperamento literario que sólo puede ser gallego.
Así que el intento de quitarle al de Padrón su nacionalidad acaba
en fracaso. Queriendo empequeñecer al escritor, sólo consiguieron
que Galicia no disfrutara plenamente de un Nobel que premiaba a
la literatura gallega.
David Cal no responde con insolencia, sino con indiferencia. Cuando
empuña el remo o porta la bandera, es lo más parecido al monje que
alcanza el nirvana tras lograr hacer realidad la máxima aquella:
ni envidiado ni envidioso. Tal vez otro se hubiese amargado con
el maltrato de la Xunta, el menosprecio de tristes burócratas, la
falta de gestos hacia el mejor deportista gallego de todos los tiempos.
Él es impermeable, como si fuese consciente de que eso forma parte
de un mundo que no es el suyo.
No lo es. David representa a ese tipo de deportista que se ha ido
perdiendo, para dejar paso a otro emparentado con el espectáculo,
el negocio o la manipulación política. Si hace miles de años un
tipo de Hío se fue a Olimpia a competir, seguro que era como Cal,
retraído, ensimismado, sin darse importancia, sólo capaz de emocionarse
al reencontrar de vuelta a su gente.
Lo triste es que se negó más de tres veces a este símbolo de la
galleguidad más natural, mientras se colmaba de bendiciones oficiales
a rusos inmobiliarios, de pasado futbolístico y carácter altanero,
o se invertían cuantiosos dineros públicos en selecciones gallegas
de nula rentabilidad deportiva y efímero resultado patriótico.
También en esto existe un paralelismo con el trato dado a Cela,
visto como apestado por los mismos que se dedican a hacer de Galicia
el país de los mil premios literarios, donde jurados y galardonados
se turnan ordenadamente. Escritor y palista muestran en fin lo peor
y mejor de nosotros. Son víctimas de la endogamia que ha ido medrando
en algunos medios oficiales, y al mismo tiempo demuestran que por
encima de esa oficialidad pacata, existe una nación de lectores
y seguidores que los admira.
Ahora que regresa David con sus medallas, mejor sería que los feridos,
duros, imbéciles e escuros, hicieran mutis por sus consellerías
y direcciones xerales. Porque las medallas se lograron contra numerosos
rivales, entre los que estaban ellos. David luchó en tierra y agua,
y ganó en ambos elementos con la ayuda de su gente, la única que
puede compartir su victoria.
Por cierto, que Cal vuelve, como volvió Cela a Padrón, pero aquél
ruso mimado por la administración deportiva autóctona nos deja,
al no poder seguir con sus negocios del ladrillo. David seguirá
remando, lejos, muy lejos del rudo encono.
26/08/08
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