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LA
TARIMA. Pablo
L. Ferreiro
Nunca
pensé dedicarme a esto. No entraba en mis planes, pero la vida es un
carrusel de sorpresas y, cuando menos lo esperamos, ahí está, ofreciéndonos
situaciones inesperadas. Corría el año 2001 y pisé un aula por primera
vez como docente. Frente a mí tenía a 27 personas que me escuchaban
atentamente, medían al milímetro cada palabra de las que pronunciaba,
estudiaban cada uno de mis gestos, y seguían al detalle cada uno de
los pasos que daba encima de aquella tarima. Pronto me di cuenta de
que aquella tarima no significaba en absoluto una barrera de separación
entre mis alumnos y yo. Ni quería ni me hacía falta. Pero también comprendí
que, si me hiciese falta, no lo lograría. Aquella tarima podía ser la
más alta del mundo... Daba igual.
Llegaba a unas aulas desconocidas para mí. Mis alumnos podían perfectamente
ser mis hermanos pequeños y, sin embargo, el desfase generacional que
vivía en mi quehacer diario era tal, que bien podrían ser mis bisnietos.
Las aulas de instituto que había dejado cinco años atrás eran un oasis
dentro de la realidad bien diferente que me tocaba vivir como docente.
Una realidad que no permite expulsar a los alumnos del aula, así molesten,
incordien, insulten, interrumpan, no dejen atender a los demás... La
motivación hacia el estudio, las ansias de querer saber, el orgullo
de sacar buenas notas, la admiración y respeto hacia los profesores,
encontré había dado paso a un porcentaje nada despreciable de alumnos
desmotivados, faltos de hábito de estudio y dedicación.
En medio de ese escenario y, a pesar de aquella tarima, los profesores
carecíamos y carecemos de los recursos con los que contaban mis profesores,
entre otros, recursos legales alejados de toda burocracia que nos amparen
para poder hacer frente a situaciones en las aulas, a veces, insostenibles.
Bajo nuestro sistema democrático se amparan una serie de derechos: Leyes,
reglamentos, decretos, más leyes, artículos constitucionales nos garantizan
el derecho a infinidad de cosas. Pero lamentablemente muchas veces nos
olvidamos de cuáles son nuestras obligaciones recogidas también bajo
el mismo sistema. Uno de los derechos básicos de cualquier ciudadano
español es el de recibir una educación de calidad. Por tanto, para garantizar
ese derecho que todos tenemos, creo que los profesores debemos disponer
de una serie de herramientas que nos permitan actuar en ese sentido,
y asegurar de este modo el aprendizaje de aquellos que quieren, evitando
en la medida de lo posible las distorsiones provocadas por los que solamente
conocen sus derechos y no sus obligaciones.
Como docente, estoy satisfecho del anuncio hecho por la Consellería
de Educación de estudiar la posibilidad de elaborar una ley de autoridad
del profesor. Estoy contento de que algún político gallego se haya acordado
de nosotros, y aunque seamos una de las comunidades con menos incidencias
de este tipo, bien dice el refrán: "Más vale prevenir que curar".
No es lo mismo autoridad que autoritarismo. Y, efectivamente, la autoridad
hay que ganársela, pero aún ganándotela hay gente que ni la reconoce
ni la respeta. En la vida no siempre se nos reconoce aquello que hacemos
bien. Por eso, me gustaría felicitar al máximo responsable de la Consellería
de Educación, Jesús Vázquez Abad, al que quisiera reconocer el trabajo
bien hecho.
12/05/10
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