El regreso a los orígenes
|
 |
FGR/Redacción NG.-
Un
buen día de julio de 2011 llegó a conocimiento de Antonio
Vázquez Portomeñe, abogado en Chantada, que la aldea a
la que los Portomeñe vinculan sus orígenes, llamada precisamente
"ALDEA DE PORTOMEÑE", se había liberado de las
tenebrosas aguas del gran embalse de Belesar, en el Miño.
Un embalse que tiene como 60 km. de cola, con una superficie
superior a la de la Ría de Arousa, y cuya pared de contención
se clava en tierras de Chantada por la margen derecha
del gran río, y en las de Saviñao por la margen izquierda.
Antonio, el menor de los hermanos, que fue Alcalde de
Taboada en las primeras elecciones de la democracia, se
puso en inmediata comunicación con Víctor Manuel Vázquez
Portomeñe, el mayor, antaño Diputado autonómico, Portavoz,
Conselleiro, Senador y Presidente de la Comisión General
de las Comunidades Autónomas, y ambos se concertaron para
acudir a aquella perdida aldea, cuna de sus ancestros,
ubicada en el municipio de Saviñao, margen izquierda del
Miño, enfrente del territorio de Taboada, en la provincia
de Lugo.
Lo hicieron el 18 de septiembre de 2011 con su hermano
Segundo, Profesor y escritor, y su prima Yolanda Portomeñe,
industrial. Los acompañaron sus consortes, así como dos
de los hijos de Víctor Manuel, Víctor y Juan José; el
hijo de Segundo, José; y también sus amigos Elda y el
autor de esta crónica. Todos celebramos, luego, la aventura
con una comida de corte tradicional en los enxebres pendellos
del campo de la feria de Chantada.
Antes de proseguir el relato del viaje, parece lógico
remontarnos en la historia.
Por ella sabemos que en 1752 habitaban la aldea dos hermanos,
que figuraban como titulares de las casas, la capilla,
el molino y las fincas rústicas del lugar, que sustentaban
cuarenta animales.
Se llamaban Antonio y Francisco Rodríguez Portomeñe (ya
sabemos que por aquel entonces el orden de los apellidos
no estaba determinado en Ley).
Así consta en el Catastro del Marqués de la Ensenada.
El
apellido "PORTOMEÑE", que codifica el diccionario
de Madoz, lo llevan actualmente 390 personas en España
(187 como primer apellido, 196 como segundo y 7 como primero
y segundo), asentados principalmente en las provincias
de Lugo, Coruña, León y Madrid.
O sea, es poco frecuente, tan poco que en España ocupa
el lugar 16.413 por orden numérico.
 |
Volviendo
a la geografía, la aldea de Portomeñe pertenece a la miñota
parroquia de Reiriz (Saviñao), consta de dos casas, la
principal y la del casero, una capilla, bodega, horno,
palomar, etc, y tiene un acceso que, en pronunciada pendiente,
discurría por los montes de Reiriz y concretamente por
la Costa llamada de Portomeñe, marchaba luego por la orilla
izquierda del río Miño por terrenos llanos.
Hoy es posible apreciar las características de la aldea
porque el embalse de Belesar, que desde 1963 cubrió las
tierras más fértiles y de mejor clima de más de media
docena de municipios de Lugo, fue vaciado ha unos meses
para someterlo a nuevas obras.
Quedó así descubierto el gran cañón que las aguas llenaban,
emergiendo pueblos, bodegas, caminos o sus vestigios,
etc.
Todavía se perciben los bancales construidos con infinito
trabajo por los ribereños, y aún se ven múltiples pies
de las cepas que estos plantaran, así como múltiples troncos
de árboles que resistieron también los cuarenta años de
hundimiento en las aguas oscuras y silenciosas del enorme
embalse.
El descenso, a pie durante unos dos kilómetros, fue difícil,
y preludio de un regreso fatigoso en extremo, y ello porque
el suelo estaba cubierto de lascas que las aguas hicieran
aflorar; y allí en donde se acumuló el fango o barro,
éste estaba profundamente cuarteado por la acción del
verano.
Pero cuando marchábamos ya paralelos al río, noté una
cierta emoción en los Portomeñes a medida de que nos acercábamos
a la aldea, y en las márgenes del camino se advertían
los restos de soportes de un larguísimo parral, que imaginábamos
como un bucólico y sombreado paseo.
A la izquierda quedaba la capilla, semienterrada por el
fango. Su techo se había hundido, pero su espadaña, su
puerta y sus paredes, todo de piedra, estaban intactas,
como si el inmenso peso de las aguas que por cuarenta
años la cubrieran, no hubieran podido con su sencilla
pero robusta estructura.
Su recinto era de unos 25 metros cuadrados.
Y allí, a un tiro de piedra estaba la aldea, reposando
en la falda de la montaña, en el ángulo que forman el
gran Miño, que discurre al Oeste, y el pequeño río Pez
que, procedente del Naciente, desciende por la Costa de
Portomeñe y muere tumultuoso en el Miño.
Víctor Manuel y Antonio comentaron que aquel era un emplazamiento
de paraíso, y Segundo añadió nuevos bucolismos a la sensación
que les producía el conjunto.
Entonces apareció allí una familia, y la madre, ya mayor,
confesó que había habitado en la casa principal, al lado
de una tía; y que el río Pez no solo les suministraba
el agua para el consumo de las casas sino también truchas
y anguilas sin límite, hasta el punto de que se habían
convertido en una comida que, por reiterada, ya no gozaba
de su aprecio.
Las casas conservaban a duras penas su estructura de piedra
y su techumbre de losas, y sus tabiques eran también de
piedra; y casas, bodega, horno y restos de cuadras ocupaban
una superficie de unos quinientos metros cuadrados.
A Víctor Manuel le llamaron la atención dos viejos nogales
desnudos, que seguían inhiestos entre las casas. Cortó
una rama y la trajo como recuerdo.
Y a todos, tocados sin duda por el reencuentro con sus
raíces, los embelesó el conjunto, intraducible en palabras,
que formaban el inmenso cañón del río Miño y el propio
río reducido a una cinta brillante que serpentea por el
fondo, en medio de los verdes que una naturaleza feraz
e indesmayable había hecho germinar de nuevo. Eran particularmente
llamativas las planicies aledañas a la aldea, enmarcadas
entre los montes y el río, y que cortadas por el río Pez
en su último tramo, sumaban varias hectáreas, de un clima
que todos afirmaban insuperable.
La contemplación de aquel retazo de la Galicia miñota,
y el sonido cantarino del río Pez en su caída por la Costa
de Portomeñe, quedó grabado en las mentes de mis anfitriones,
según confesaban, como algo que traía las connotaciones
indelebles de sus raíces y los aires de un lejano paraíso.
Añorantes, pero escépticos, expresaron sus anhelos de
que el embalse de Belesar no volviera a represar al padre
Miño, y sus aguas no tornaran a hurtar a los hombres tanta
belleza como hundieran.
|
|