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TRIBUNA ABIERTA
DESDE EL MIRADOR | Leopoldo González Agís |

¿SERÁ VERDAD ESTO?

He leído en un medio de comunicación, en una sección llamada ATURUXOS, y me entró la duda de si lo escrito era una broma. Decía así el suelto del diario: "los abogados santiagués están cabreados con la Xunta por suscribir un seguro de defensa jurídica para el personal docente de los centros públicos con un bufete madrileño. Opinan que los letrados enxebres nada tienen que envidiar a sus colegas de Cibeles. Quieren hablar con Feijóo de la afrenta..." Si esto es cierto, que parece serlo, es para decirle al señor Feijóo, que se deje de coñas y, contarle lo de los dos madrileños, más que forofos, que hicieron una apuesta por causas futboleras.

Claro que por aquellas fechas, años cincuenta, también se comentaba por estos lares que, "un limpiabotas de Madrid era catedrático en provincias". Seguro que dada la juventud del "virrey" este dicho y el cuento de los abogados, dudo que los conozca. El cuento es: "Juegan en el Metropolitano, el Club Atlético de Madrid y el Real Madrid. Los dos forofos, uno de cada equipo como ya hemos dicho, apuestan ante notario los testículos de cada uno a que, ganaba su equipo. Pierde el del Real Madrid y su compañero, pero rival de fútbol, le dice que a cortárselos. Al ver el afectado que no lo decía de broma, recorre varios abogados de la ciudad de la Cibeles y, la solución era la misma, que tenía que cortarlos. Pero uno de los abogados que consultó, ya mayor, le dijo que viniese a Galicia, a Pontevedra, a un pueblecito de la provincia llamado Cambados. Así lo hizo.

Enterándose de quien podía ser el de más sabiduría jurídica; fue al que también era el más veterano ejerciendo y mayor en edad, (pues dicen siempre por estos pagos, que sabe más el Diablo por viejo, que por Diablo). El abogado estudió el caso pero, no le encontraba solución para que el hombre no perdiese sus honrosas partes varoniles. Ya decepcionado y pensando en marcharse de Madrid al extranjero, para huir de su compañero y no perder sus atributos, bajaba las escaleras del edificio, desde el piso donde estaba ubicado el despacho del abogado que, era en la propia casa donde vivía; cuando sintió una voz que le llamaba y a la vez que le preguntaba si era casado.

Vuelve la cabeza el cliente y contesta que sí, que está casado. El viejo abogado le dice que suba por favor. Cuando de nuevo están sentados en el despacho, el abogado le dice: hay una solución que, aunque pequeña, puede valer de momento. Ya impaciente el madrileño le dice, por favor, dígame cual. A lo que el letrado le responde, mientras viva su esposa no se los puede cortar, por ser ella la usufrutuaría de los mismos². ¿Qué le parece señor presidente? ¡Ollo o can, cos nosos letrados!


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