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A la francesa
Hoy entiendo más que nunca esta expresión tan coloquial en
nuestro día a día. Francia, ese país vecino tan afín a nosotros
y tan lejano al mismo tiempo, ha sido el destino elegido para
disfrutar de una semana llena de gran colorido. Como cada
zona de España, es un país con muchas peculiaridades, aunque
nosotros creamos que somos el único del mundo con tanta diversidad.
La región de Burdeos, Bordeaux en su idioma y "Bordó"
en su pronunciación, acoge al visitante de una manera un tanto
tosca, elegante y mágica al mismo tiempo, como sus vinos.
Famosos en el mundo entero, llegan a las mesas más preciadas
de éste. Su glamour y fama hacen de ellos, dicen, los mejores
del mundo. Igual que sus châteaux, su poesía, su arquitectura
o su gastronomía.
Imagina una ciudad donde se mezclan las construcciones más
poderosas, resultado de la historia, la cultura y las costumbres
más arraigadas, el fruto de la uva más codiciado del mundo
en extensos terrenos de viñedo donde el sol muere dorando
su piel y acariciando el río, los dulces y chocolates denominados
"premier cru" que hacen llorar la imaginación y
el regalo del Atlántico en sus templadas costas.
Todo el país se presenta ante tus pies tornándose maravilloso
hasta que te encuentras con un francés. Más si cabe, bordelés,
con ese carácter agrio, reservado y estirado que llevan desde
la cuna. Algunos foráneos definen su carácter como algunos
de sus vinos, musculosos y demostrativos. Tal vez sea, o haya
sido, una sociedad superior, pero la superioridad deja de
ser tal cuando se estira y se fuerza tanto. Si es que son
agrios hasta para despedirse. Vamos, que está hasta mal visto
hacerlo. Desde el siglo XVIII existe una forma de despedirse
sin hacerlo que consideran de gran educación. Se trata de
"sans adieu" ("sin adiós"), expresión
que en el lenguaje coloquial español hemos acuñado en la forma
de despedirse a la francesa, para reprobar a alguien que,
sin despedida ni saludo alguno, se retire de una velada, del
tipo que sea. "Sans adieu"
llegó a estar de moda entre la alta sociedad francesa cuando
permitía irse de la velada sin tan siquiera saludar a los
anfitriones. Parece que llegó a tal extremo este hábito,
que era considerado un rasgo de mala educación lo contrario,
saludar en el momento de marcharse. A todo el mundo le parecía
bien que uno, por ejemplo, mirara el reloj de la casa con
signo de impaciencia y diera a entender que no tenía más remedio
que irse. Jamás se veía con buenos ojos que se le ocurriera
saludar antes de ausentarse.
Ahora entiendo perfectamente la expresión, una expresión y
forma de ser que ha forjado ese carácter frío y lejano que
recibe al visitante con reticencias. Tal vez una cura de humildad
sea hasta necesaria en una sociedad como la del siglo XXI,
donde su cocina ha dejado de ser la cocina de bandera, donde
sus vinos son una denominación situada a la altura de las
españolas o las italianas, o donde su "boulangerie"
("pastelería") no tiene nada que envidiar a la de
otros países. Aunque en este punto tengo que recordar que,
como en todos los casos, existen honrosas excepciones como
son los "macarons" de Madame Blanchez en Saint Emilion
o el Andouillette AAAAA, un embutido para el que tienen hasta
denominación y categoría (cuantas más "A" tenga,
de mejor calidad es).
Tengo que terminar orgullosa diciendo que en una ciudad como
ésta, y caminando por la adoquinada Rue Sainte Catherine camino
de la Place de la Comedie para admirar el maravilloso edificio
de la ópera, elevé la vista y esbocé una sonrisa de satisfacción
al ver una bandera española adornando uno de sus floridos
balcones. Me gusta sentir nuestra sangre y carácter latino
dejándose ver por todo el mundo. Madame e mesie, disfrutemos
de ello y sigamos manteniéndolo. Que no nos pase como a nuestros
vecinos franceses que tengamos que despedirnos sin hacerlo
por perder nuestro orgullo de ser lo que somos. Au revoir!
10/08/10
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