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El cielo en un cepillo
Ese maravilloso lugar donde la tierra se ve como si fuera un cielo,
como si se observara desde lo más alto de sí misma, mostrando todo su
esplendor y su fuerza, se convirtió aquél atardecer en una insignificante
imagen al lado de un cepillo.
Dos momentos. Dos realidades en un cráter volcánico que la historia
me brindó de una manera gratuita y amable, tal y como brindó a los masais
y al resto de la humanidad esos paisajes, esos colores, ese paraíso.
Hablo del Ngorongoro. Dicen que su nombre deriva de la palabra masai
"ikorongoro", que denomina a la generación de guerreros que
obtuvo esa tierra de una tribu enemiga.
Creo que puedo sentirme afortunada al poder contar otro significado
de esta palabra gracias a Cosmas, un guía masai que me enseñó la jungla
de Tanzania desde otro punto de vista, el punto de vista de un oriundo.
Cosmas, camino en jeep por las tierras que pierden su rumbo hacia el
Ngorongoro, saltando entre "caminos cabra" como él definía
a sus carreteras en el mejor de los casos, relató su por qué, o el por
qué de su tribu, incluso el por qué de Arusha, ciudad que dicen ser
el centro de África, sobre el origen del nombre. Los primeros alemanes
que llegaron allí preguntaron a los masais cómo se llamaba aquél sitio.
Como les dijeron que no tenía nombre, decidieron bautizarlo como Ngorongoro,
de Goron Goron, por el ruido que hacían los cencerros de las vacas masais
que bajaban a pastar al cráter. Nuestro Tolón Tolón. Sea o no verdad
la historia de Cosmas, es mi origen predilecto como nombre de tan maraviloso
lugar.
Cruzar el paisaje del Ngorongoro es como decía descubrir un nuevo cielo,
verde, roto tan sólo por las pundamilia (cebras), por las twiga (jirafas),
por los simba (leones) y por el resto de innumerables especies que conviven
con los colores de las mantas masais y los ojos de sus gentes, atónitos
al ver pasar a los numerosos jeeps que cada día rompen su ritmo y el
de su hábitat. Esos pequeños ojos que reclaman chuches al pasar. Lección
aprendida: No les des chuches porque serán suyas sólo un día. Nunca
más. Cosmas me enseñó esta lección. Son felices con lo que tienen, no
con lo que desean. No intentes hacer una buena obra un día. El resto
de días no hay buenas obras, sin embargo siempre habrá esa sonrisa y
esa mirada. Como la mirada del cepillo.
Imagina contemplar un paisaje como el que estoy intentando describir
en estas líneas, absolutamente extasiada en su profundidad y belleza,
desde una terraza que permite contemplarlo desde el mismo cielo, con
el único movimiento de un cepillo acariciando mi pelo. De repente, de
en medio de la nada, surge un niño masai que se acerca a ver qué tengo
en mi mano, qué es eso que hago con mi pelo, como si él mismo estuviera
contemplando el Ngorongoro en mi cepillo. Jamás olvidaré esos ojos.
Y el tiempo que se quedaron mirándome, con curiosidad y asombro. Como
si fuese magia.
La realidad en ese momento se me hizo aplastante. Somos únicamente lo
que conocemos. Nuestras reacciones son nuestros mundos, tan lejanos
y tan simples. Me quedo con Karibu. Bienvenido. Y con Twende. Adelante.
Y con Cosmas, nexo de dos realidades.
15/10/09
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