¿La
muerte es el final?
Un
número más, el 63, de la violencia doméstica. Oviedo diciembre de
2.006: Ella de 80 años y enferma de Alzheimer, estrangulada por su
anciano marido de 89 años. Idénticas tipificaciones que al igual que
ésta, no entran en la genérica violencia por sexo según afirman los
vecinos. Todo el día se ocupaba de ella, era un matrimonio ejemplar,
decían. Es ya momento de acudir a las causas y los males del alma.
Discusiones en torno a la ley que combate esta violencia, como la
de Monserrat Comas del Observatorio del CGPJ y Maria Sanahuja decana
de Barcelona, quedan para los márgenes jurídicos e incluso ideológicos.
El debate sobre la vida es más serio, del que sin lo trascendente
la mesa cojea de sus patas. Demencia senil, pérdida del sentido de
la vida, enfermades incapacitantes, son olvidadas por el hombre en
la supremacía de los valores que lo esclavizan. Si la muerte es el
final no tiene sentido pensar en lo que se deja, hijos, familia, el
triste y trágico final sucedido. Tal vez nuestros mayores tengan superiores
prestaciones sociales, pero vancantes las del corazón y del alma.
Miedo a la soledad, la enfermedad y al vacío. Si la muerte es el final,
pocas cosas importantes tienen sentido, la familia, los hijos, nuestros
logros y proyecciones en la sociedad. La falta de valores o la desviación
de los mismos llevan a los trágicos desenlaces que las leyes nunca
podrán enmendar o corregir. Familia es la palabra mágica, matrimonio
en la salud y la enfermedad hasta que la muerte natural los separe.
Que los vuelva a unir después de muertos, aunque para los no creyentes
sólo sea en bondadosos recuerdos familiares. Si la muerte es el final,
mucha terapia adicional sería necesaria para combatirla en sus más
perversos instrumentos, cuando el sentido por la vida ve apagarse
su llama. Qué es si no la familia y el matrimonio.
14/12/06
carlosnava@terra.es
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