viernes 24/9/21

Empezamos el curso y los deberes sin hacer

EMPEZAMOS EL curso y, como era costumbre entre los más traviesos de la clase, con los deberes sin hacer. No por parte de un servidor, que aquí está, al pie del cañón de nuevo, tal y como había prometido... 

EMPEZAMOS EL curso y, como era costumbre entre los más traviesos de la clase, con los deberes sin hacer. No por parte de un servidor, que aquí está, al pie del cañón de nuevo, tal y como había prometido. Si no por parte de quien tiene la obligación, porque cobra para ello, de procurarnos una vida un poco mejor. Y a ellos, como no, dedicaré el primer artículo de esta nueva temporada.
Aunque he de reconocer que he estado poco atento a las novedades informativas durante este mes, advierto estos últimos días en los medios de comunicación un desmesurado optimismo relacionado con la bonanza de la temporada turística. Se llenan los titulares de grandes cifras de ocupación, de masiva afluencia de visitantes, de saturación y de colas y más colas en los principales destinos turísticos.… Un maná, vamos.


Pero bien haríamos en no echar las campanas al vuelo de buenas a primeras y detenernos de una manera un poco más reflexiva en la realidad que se esconde tras la aparente grandeza de la temporada turística, en la que aún estamos inmersos.

Tengan en cuenta, en primer lugar, que buena parte del margen de beneficios que hayan podido obtener nuestros negocios turísticos se los va a llevar el costear el recibo eléctrico. Y a partir de ahí, veremos si da para algo más.


Es cierto, y a nadie se le escapa, que agosto ha sido un extraordinario mes para el turismo en Galicia en su conjunto y más aún en las Rías Baixas. El turismo nacional está supliendo con creces la falta de visitantes foráneos y da la sensación de ha tenido que llegar una pandemia para que buena del resto de la península haya descubierto las muchas bondades que atesora esta tierra. Y algunas de sus maldades, también, por supuesto.

Pero llegados a este punto, que a nadie se le olvide que todo ese boom que ahora recogen los medios se circunscribe a apenas 3, 4 o 5 semanas al año. No más. En tanto que los gastos generales a los que los negocios se tienen que enfrentar (recibos, alquileres, hipotecas, personal, Seguridad Social, impuestos, cuotas…) llegan puntualmente los doce meses del ejercicio.

¿Son suficientes esas pocas semanas, por muy buenas que hayan sido, para hacer frente a la travesía del desierto que es el resto del año? Es evidente que no. Y solo hay una solución para hacer frente a este descomunal sinsentido: promover la desestacionalización. No es nada sencillo, está claro. Detrás de esa palabra se esconden muy variadas y complejas estrategias que hay que poner en marcha con urgencia para evitar que la sangría en el sector turístico sea aún mayor que la que está siendo.

Pero como siempre, hay por donde empezar y sin demasiadas dificultades. Una medida eficaz sería, por ejemplo, que las Administraciones no diesen las vacaciones a todo el mundo en el mes de agosto, sino que las fuesen escalonando a lo largo del año. Por una parte evitaríamos el parón absoluto y el colapso que cada año se genera en muchos ámbitos administrativos durante el mes de agosto. Y por otro lograríamos dinamizar meses que en la actualidad son del todo inertes para nuestros negocios turísticos.

Hay muchas más, algunas de las cuales ya he citado en esta misma sección en otras ocasiones, como apostar por la excelencia, que es lo que busca y reclama un número cada vez mayor de visitantes, embellecer el territorio, promocionar destinos con singularidad, poner en valor nuestras tradiciones convenientemente actualizada, así como nuestra cultura, nuestra naturaleza, nuestra gastronomía, pero siempre desde esos parámetros de excelsitud.

Ahí quedan mis notas. Ojalá alguien las recoja y empiece a hacer cuanto antes esos deberes pendientes.

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